> Asimov y la ciencia ficción dura_
En parte, debido a mi precaria formación científica, que, salvo casos muy evidentes, me impide determinar si lo que estoy leyendo cuenta con una base rigurosa o es un puro disparate. Pero, sobre todo, lo que me sucede es que, como lector, lo único que en realidad le pido a una buena novela es que me haga experimentar de segunda mano las delicias y peligros de las aventuras, como decía Agatha Christie.
Entre las claramente blandas que más me han hecho gozar, recuerdo con gran emoción la encantadora Princesa de Marte de Edgar Rice Burroughs, que debí leer por primera vez con once o doce años. Entre los duros que más he disfrutado, cualquiera de las del gran Arthur C. Clarke, el Mundo Anillo de Larry Niven o las obras de Stanislaw Lem, muy especialmente la estremecedora Solaris.
Respecto a mi autor favorito de ciencia ficción, el inefable Isaac Asimov, creo que jugaba en otra liga: a pesar de su incontestable formación científica, se consideraba a sí mismo un autor de novelas de detectives a las que la ciencia ficción solo aportaba el decorado... un aroma, lo llamaba él.
Y lo cierto es que sus ideas sobre robots que se revelan contra la humanidad o sobre un imperio galáctico en el que todas las formas de vida conocidas procedían de la Tierra eran observadas en su época por los duros con condescendencia.
Él, sin embargo, iba por otro camino: uno en el que la verosimilitud no dependía de la complejidad científica sino de la lógica interna de las sociedades humanas.
Lo sorprendente es que cuanto más avanza la ciencia, más se viene abajo aquella supuesta superioridad de los duros de los años setenta y ochenta: la colonización del sistema solar. que parecía inminente, se ha convertido en una quimera aplastada por innumerables problemas técnicos y económicos que hoy se presentan como irresolubles, y en cuanto a aquellos mundos exóticos rebosantes de fauna alienígena, empiezan a parecer ingenuos ante los últimos descubrimientos en biología que sugieren que las posibilidades de que la materia orgánica cobre vida son tan remotas que, incluso en un universo con miles de billones de sistemas planetarios, lo más probable es que estemos solos.
En paralelo, una auténtica inteligencia artificial y robótica ha pasado de ser una hipótesis fantasiosa a una realidad cada vez más próxima y un amenaza sutil que comienza a apuntar con alarmante exactitud a lo que Asimov imaginó en sus relatos.
A veces pienso que si "el patillas" acertó, fue precisamente porque no trató de imaginar el futuro en términos técnicos o científicos; prefirió analizar las sociedades, la psicología y el alma humana: no trató de adivinar qué tecnología dominaríamos, sino qué contradicciones arrastraremos, por muchos siglos que pasen.
Y esa perspectiva ha envejecido mucho mejor que la de la mayoría de quienes intentaron anticipar el porvenir con ecuaciones o artefactos especulativos.
