> Chaos y Titán_



Uno de los juegos de favoritos de nuestra infancia era Titán. 

Como casi todos los juegos de mesa que había en casa fue mi hermana Marina quien lo compró y me enseñó a jugar. 

A diferencia del resto de juegos de estrategia que teníamos, que se desarrollaban en diversos escenarios históricos, Titán estaba ambientado en un mundo de fantasía. 

Cada jugador tenía su propio Titán que dirigía un ejército de criaturas mitológicas. Este Titán era algo así como el rey del ajedrez: si le mataban perdías la partida, así que el objetivo era destruir a los otros Titanes.

Era un juego bastante sofisticado: con un tablero principal en el que los ejércitos se desplazaban por hexágonos hasta encontrarse y tableros secundarios donde se libraban las batallas cuando dos legiones chocaban. 

Cada jugador empezaba con un pequeño grupo de criaturas y, a medida que ganaba combates, podía reclutar unidades más poderosas: arcángeles, gárgolas, hidras, gigantes, dragones... 

La clave estaba en encontrar un equilibrio entre arriesgarte a crecer o proteger el territorio que ya tenías.

Pasábamos tardes enteras calculando movimientos, soñando con unicornios, ogros y minotauros: Titán era de esos juegos que te absorbían por completo.

Algunos años después llegó a nuestras manos Chaos, una especie de Titán para ordenador. 

Me lo pasó un amigo del colegio en una cinta en la que me había grabado un montón de juegos de Spectrum. Entre todos ellos encontramos esta joya por casualidad y fue un flechazo inmediato.

El planteamiento de Chaos era bastante más sencillo: cada mago recibía una lista de hechizos con los que podía invocar criaturas u objetos mágicos. Y todos se enfrentaban en una especie de limbo. El objetivo aquí, obviamente, era acabar con los demás magos.

Las criaturas podían ser auténticas o ilusiones: si optabas por lo auténtico, corrías el riesgo de que el hechizo fallase. Si en cambio creabas una ilusión, sabías que la criatura aparecería sin problemas, pero cualquier otro mago podía descubrir el engaño con un contrahechizo y disolverla al instante. Hasta ese momento, sin embargo, era tan letal como cualquier criatura real. 

Cuanto más poderosa fuese la criatura, menor era la probabilidad de invocarla con éxito y, por tanto, mayor la tentación de crearla como ilusión.

La gracia estaba en que había tantos magos en juego —hasta ocho— que dedicarte a lanzar contrahechizos a todo lo que se movía suponía quedarte sin ejército propio. Eso hacía que no fuera tan sencillo saber qué criaturas eran reales y cuáles no, lo que daba al juego un aire de incertidumbre deliciosa.

Lo que más nos fascinaba era la posibilidad de jugar los dos hermanos contra el resto de magos controlados por la máquina: un desafío que nos hacía pasar tardes enteras entre gritos, risas y alguna que otra pelea fraterna. Sin duda, fue uno de nuestros juegos de ordenador preferidos.

Creo que Chaos nunca llegó a distribuirse oficialmente en España, así que su carátula original fue para mí un misterio hasta la llegada de Internet.

Hoy me he entretenido en rendir un pequeño homenaje a aquellos dos juegos de mi infancia creando una en la que combino la esencia de Chaos con la estética de la caja original de Titán.