> El Ajedrez_
A mi hermana Marina le encantaba el ajedrez. No llegó a ser gran maestra, pero le puso muchas ganas: se compró un montón de libros de aperturas y se pasaba horas estudiándolos, algo que nunca le vi hacer con ninguna de las asignaturas de la carrera...
Además formó un Club de Ajedrez con sus amigotes de la CNT, a los que mi padre llamaba —no sin razón— los energúmenos. A mí los energúmenos me caían muy bien y disfruté mucho jugando con ellos, no sólo al ajedrez, sino a todo tipo de juegos de rol y de estrategia, especialmente al Civilization de Avalon Hill.
De política nunca discutíamos, y a pesar de que entonces yo era comunista y ya me había vuelto un poco místico, me tenían mucho cariño. Mi hermana, que era atea y —más que anarquista— anárquica, tampoco le daba ninguna importancia ni a mi militancia, ni a mis chaladuras espirituales; ella estaba dotada de un don especial que hacía que todo el mundo la quisiese.
Mi tío Jesús, también gran aficionado al juego de los escaques, le regaló un precioso ajedrez del Rey Alfonso X, que es el que os he puesto en la foto, junto a un cuadrito que pintó mi madre de Marina cuando era niña.
Marina murió a los 27 años en un inesperado accidente doméstico. A mí su muerte, que me pilló con 23, no me entristeció: la acepté con una serenidad absoluta.
Es algo que no sé explicar y yo mismo no acabo de entender: nunca me ha entristecido la muerte de ninguno de mis seres queridos.
Será porque no consigo creerme que exista.
