> El alma sitiada_
Vivimos en una época en la que nos quejamos continuamente de padecer ansiedad, de sentir tristeza, de estar enfadados. No nos damos cuenta de que esa forma de hablar no es neutral: refleja una concepción muy concreta de la subjetividad, donde el yo se erige en centro generador de toda experiencia.
Pero no siempre fue así. Las lenguas clásicas nos ofrecen una visión de la psique humana bastante distinta, en la que las emociones no brotan del interior del sujeto, sino que lo asedian, lo asaltan y, finalmente, lo poseen.
En latín y griego clásico no se dice estoy enfadado o tengo miedo, sino ira me cepit (la ira me ha atrapado), ὁ φόβος με ἔλαβεν (el miedo me ha agarrado).
Esta sintaxis no es un simple detalle gramatical: revela una comprensión del alma humana como lugar de paso de potencias impersonales.
En la visión cristiana del mundo la experiencia emocional tampoco se entiende como surgida del yo, sino como una manifestación de fuerzas espirituales que lo trascienden.
Para los Padres del Desierto, las pasiones son tentaciones que proceden del maligno y a las que el monje debe resistir mediante el ayuno y la oración. La ira, la acedia, la lujuria... son asedios que sobrevienen, que toman cuerpo en el alma para desequilibrarla. Pero no constituyen nuestro verdadero ser. El hombre nunca es culpable de sus pensamientos pecaminosos, sino de lo que decide hacer con ellos.
En la mística medieval y en nuestro Siglo de Oro esta idea alcanza una hondura radical. Para Meister Eckhart, el alma no puede poseer nada —ni siquiera sus emociones— si quiere unirse a Dios. San Juan de la Cruz habla en un tono semejante cuando describe las pasiones como accidentes del alma que deben ser purgados en la noche oscura. San Ignacio de Loyola, el más sistemático de todos, nos propone observar, anotar y confrontar estos movimientos del espíritu para discernir bajo qué bandera sirven: la de Dios o la del diablo.
Este modelo anticipa algunas corrientes de la psicología moderna, como la iniciada por Carl Rogers, quien —no en vano— estudió varios años en el Seminario Teológico de Nueva York antes de dedicarse a la psicoterapia.
Para Rogers, gran parte del sufrimiento humano nace de la identificación del yo con los sentimientos. Cuando alguien dice estoy enfadado, en el fondo suele estar pensando soy una persona que se enfadada fácilmente. Lo que él propone es un cambio de perspectiva: no negar la emoción ni reprimirla, pero tampoco fusionarse con ella. Estoy experimentando miedo, ira, tristeza… pero eso no soy yo. Esta desidentificación es una vía hacia la autenticidad: permitir que la emoción se manifieste sin apropiárnosla. En el fondo, algo muy próximo al método ignaciano.
Creo que el “culpable” de todo este embrollo fue, en buena parte, René Descartes. Aunque posiblemente él no hizo más que sistematizar una forma de entender las emociones hacia la que ya se orientaba toda una nueva sociedad por razones sociales, políticas y económicas.
En castellano, la bendita distinción entre ser y estar nos ofrece un pequeño respiro. Pero incluso así, solemos creer que las emociones nacen en nosotros y nos definen. Esto es algo terriblemente desesperanzador: construimos nuestra identidad sobre la asimilación de la vivencia emocional, como un atributo del yo.
Quizá nos haría bien recuperar aquella mirada de los antiguos. Aunque solo sea para entender que el asedio viene de fuera. Que el enemigo es externo y no interno.
Porque de otra manera, corremos el riesgo de acabar librando la batalla en el bando equivocado: contra nosotros mismos.
