> El gemir de las piedras_
No sé en qué momento había comenzado a correr, ni cuál fue el punto de partida.
La tierra estaba tibia. El aire tenía sabor a miel, a musgo y a corteza mojada.
Nunca me ha gustado correr, pero en aquel sueño cada zancada resultaba gozosa: el viento me envolvía como una caricia mientras las colinas se curvaban suavemente a lo lejos.
La carrera parecía no tener fin, pero eso no me angustiaba, al contrario: lo importante era no desfondarme, encontrar mi ritmo, la cadencia adecuada.
Cada respiración era un impulso invisible que me unía con el valle olvidado.
Escuchaba el gemir de las piedras. Sin necesidad de parar podía sentir su dolor; un dolor profundo, que brotaba del corazón de la tierra.
—¿Qué esperáis? —pregunté.
Las piedras gemían como mujeres con dolores de parto.
—¿Esperáis ser liberadas? —insistí.
Las piedras no podían responder.
Un gusto de sangre se agarraba a mi garganta. El brillo cambiante de las hojas bajo el sol se extinguía. Los colores se disolvían lentamente; el oro se volvía ceniza, el verde gris, y el último resplandor del día caía sobre el valle como una bendición melancólica.
Seguí corriendo. Todo se quedó en silencio.
