> El místico_
En muchos artículos de mi antiguo blog os hablé de La llamada de Cthulhu, el juego de rol inspirado en los mundos de H.P. Lovecraft con el que mi hermana Marina y yo pasamos muchísimas tardes inolvidables de genuina diversión.
En el manual de instrucciones aparecía un personaje que servía como ejemplo para entender la dinámica del juego: Harvey Walters, una especie de Marcus Brody —el profesor despistado amigo de Indiana Jones— con un currículum que lo hacía irresistible: sabía latín, arqueología, psicología, biblioteconomía, pilotar aviones e incluso disparar con un pequeño revólver del calibre 22.
Las anécdotas del bueno de Harvey eran uno de los grandes aciertos de aquel manual.
Lo que más me admiraba de él era su profesión: místico. No tenía ni idea de qué era aquello, pero lo que sí que tenía clarísimo era que, de mayor, yo quería ser como Harvey Walters.
Estoy convencido de que uno de los motivos que me llevaron a estudiar Lenguas Clásicas fue aquella fascinación infantil: como si, al sumergirme en los textos antiguos, buscara acercarme a esa figura que en mi imaginación de niño debía ser una mezcla de sabio y hechicero.
Y en realidad no andaba tan desencaminado. La filología me llevó a los filósofos, a la historia de las religiones y de ahí a sus textos fundamentales. Un camino que acabó abriendo paso al misterio hasta el más profundo centro de mi alma.
De niño soñaba con ser un estudioso de lo oculto que se enfrentase a los terrores insondables de los mitos de Cthulhu.
De adulto he descubierto que para enfrentarte al misterio no hace falta pilotar aeroplanos ni viajar a ruinas perdidas. El verdadero campo de batalla está mucho más cerca: en el silencio del ser, en el lugar donde la Gracia y los demonios se alinean cada día para combatir en la única batalla que de verdad importa.
