> El mundo interior_



En su libro Una realidad aparte, Carlos Castaneda relata una escena de su infancia que lo marcó profundamente: en la escuela, los niños se dividían entre ganadores y perdedores. Él formaba parte del primer grupo, y un día hizo caer un pizarrón sobre uno de los pequeños perdedores, rompiéndole la clavícula.

Años más tarde, ya bajo la guía de don Juan, esa escena regresó a él en forma de visión, y con ella la certeza de que en aquel momento —de algún modo— se había prometido no volver a estar nunca del lado de los ganadores. Aquella promesa inconsciente explicaba por qué, desde entonces, siempre fracasaba en todo lo que se proponía.

Pensando en esas culpas ocultas, y en lo que os conté el otro día sobre aquel recuerdo de infancia —cuando arrojaba todo lo que tenía a mano por el balcón, sintiendo una mezcla de culpa y gozo—, me ha venido —sin necesidad del "humito" de don Juan— otro de esos recuerdos remotos y cargados de culpa inconsciente.

Debía de tener yo siete u ocho años. No sé cómo ocurrió, pero descubrí un gozo inenarrable en tumbarme en el suelo de mi habitación durante horas, mirando al techo e imaginando.

La historia que me contaba a mí mismo era de lo más inocente: yo era el capitán de un equipo de fútbol infantil; imaginaba todos los detalles: los colores del equipo, el diseño de la camiseta, la empresa patrocinadora, las rivalidades con otros equipos, hasta los chutes de balón, que tardaban una eternidad en alcanzar la portería, adelantándome unos cuantos años a aquella serie japonesa de dibujos animados, Oliver y Benji.

Un día, mi madre entró de golpe y porrazo en la habitación, acompañada de mi padre. Me miraron como si me hubieran sorprendido haciendo algo terrible, y me preguntaron qué estaba haciendo. Enseguida comprendí —por el tono, por sus miradas— que aquello debía de ser algo muy malo. Cuando les expliqué mi juego, mi madre me dijo, muy seria, que debía dejar de hacerlo inmediatamente: que si seguía pasando tantas horas así, sin hacer nada más que imaginar, podía volverme loco. Que eso que hacía tenía un nombre: esquizofrenia. Y que quienes la padecían vivían en un mundo aparte, incapaces de distinguir entre la realidad y la ficción.

Aquella advertencia me aterrorizó. Me sentí como ese niño que, al ser sorprendido explorando su sexualidad, recibe la amenaza de que, si sigue haciéndolo, se quedará ciego.

Lo curioso es que mis padres jamás me hablaron de sexo. Ni siquiera cuando ese aspecto de mi desarrollo comenzó de verdad a interesarme...

Lo que sí les inquietó —lo que, al parecer, les horrorizaba— era que su hijo tuviera un mundo interior.

Porque incluso para dos personas cultas y sensibles como mis padres, el mundo interior —habitarlo, cultivarlo, perderse en él— seguía pareciendo una especie de anomalía, una amenaza: como si lo verdaderamente sano fuera vivir hacia afuera, hacia lo visible, hacia lo social, hacia lo material. Como si la vida solo pudiera medirse en función del número de relaciones, de interacciones, de logros.

Recuerdo una vez que, ya adulto, hablando con una psicóloga de la escuela cognitiva, tras pedirme que le contara cómo era mi día a día, exclamó, casi alarmada: "¡Pero eso es terrible, no tienes vida social!"

Aquella frase me dejó estupefacto: yo había ido a su consulta para hablar de otro asunto que no guardaba ninguna relación con eso. Y ella estaba acusándome de algo que, para mí, no suponía ningún problema. De nuevo, la sospecha: vivir hacia dentro no es vivir. Imaginar demasiado, pasar demasiado tiempo con uno mismo, pensar demasiado... son síntomas de que algo debe andar mal.

Lo cierto es que aquella psicóloga —a la que, después de aquella sesión, no volví a consultar— me hizo un inmenso favor. Pues por primera vez me enfrentó cara a cara con lo que, hasta entonces, no había podido entender: mi forma de ser, mi deseo de habitar en mi mundo interior, no tiene nada de malo. Son los demás los que tienen miedo de él. Como lo tuvieron mis padres. Ven en mí reflejados sus propios temores.

Ese miedo probablemente procede de aquello que decía el pobre Nietzsche: "Ten cuidado de mirar largo tiempo al abismo, porque puede que el abismo te devuelva la mirada".