> El oficio de escribir_



Ando últimamente leyendo los escritos de San Rafael Arnáiz, un monje burgalés que vivió en el primer tercio del siglo pasado.

Sus obras completas —principalmente cartas y reflexiones espirituales— han sido reunidas por la editorial Monte Carmelo, aunque también pueden encontrarse muchos audios con lecturas de las mismas, algunos de excelente factura, que es como yo las estoy disfrutando.

Una de las cosas que más me ha gustado de este cisterciense es cómo afronta su vocación de escritor: me ha iluminado respecto a un problema que desde hace tiempo me trae de cabeza.

El buen fraile comienza una de sus reflexiones preguntándose para qué escribe.

Tiene claro que su intención no es publicar: a un trapense, que sabe bien hasta qué punto el mundo es uno de los mayores enemigos del alma, las imposiciones editoriales le resultan completamente absurdas; y, desde luego, tampoco es la fama lo que le tienta.

Y, sin embargo, el hermano Rafael no puede dejar de escribir. ¿Para qué? Su respuesta es luminosa: primero, porque hacerlo le proporciona sosiego; segundo, porque su enfermedad —la diabetes— le impedía realizar las labores más duras de la Trapa, por lo que le quedaba mucho tiempo libre en el monasterio, y la escritura le parecía una buena forma de emplearlo.

Más allá de eso, no muestra ningún interés en dar a conocer sus escritos. Que lleguen o no algún día a ser conocidos lo deja en manos de Dios. La Divina Providencia verá si merece la pena que sus líneas vean la luz, y lo único que ruega a Su Soberana Majestad es que le ayude a no apartarse nunca de la doctrina de la Santa Madre Iglesia. Y a sus posibles lectores, condescendencia y buen humor ante lo descuidado de su oficio.

Esa forma de enfocar la escritura me resulta liberadora y, desde ahora, me declaro partícipe.

No es el único autor con el que he trabado amistad últimamente que mantiene esa relación de extrañamiento con el mundo editorial, aunque sí el que la expresa con mayor lucidez.

Otros, como Michel Henry, Simone Weil o —mi último descubrimiento— la poetisa italiana Cristina Campo, también fueron escritores en mayor o menor medida desvinculados del deseo de publicar o adquirir fama.

De lo mucho que estoy escribiendo últimamente, quizá estas reflexiones que voy publicando aquí casi a diario —y la mayoría de las cuales luego borro— sean las que más se acercan al espíritu de las notas del hermano Rafael: las escribo porque me ayudan a encontrar la paz. 

En cualquier caso, lo importante es tener claro que escribo, ante todo, porque me hace bien y porque es una buena manera de aprovechar el tiempo.

Así que, desocupado lector, si en algún momento y de alguna manera quiere Dios que estas líneas lleguen a tus ojos, al igual que el buen monje de la Trapa, solo me queda pedirte perdón por lo descuidado del estilo y rogarte que no me tomes demasiado en serio.