> El proceso de convertirse en persona_



La primera vez que intenté leer los libros de Carl Rogers, no me gustaron nada. En aquel momento yo era un entusiasta de la TREC de Albert Ellis —que había descubierto gracias a las obras de Rafael Santandreu—, y las propuestas de Rogers me parecieron extrañas e incluso peligrosas: aquel hombre nos invitaba a explorar nuestras neurosis sin juzgarlas, a explorar nuestros miedos, a aceptar el dolor.

Ellis, por el contrario, como un moderno Epicteto, enseñaba a domesticar la mente como a un potro, a ponerle un bocado a las emociones, a desmontar las creencias irracionales como si el alma y el corazón humano estuvieran formados por piezas de un mecano mal ensamblado.

Lo cierto es que, en aquel momento de mi vida, los libros de Ellis me ayudaron mucho: me permitieron recuperar el equilibrio en un periodo de vértigo mental en el que los psiquiatras de la Seguridad Social lo único que habían hecho era recetarme benzodiacepinas, sin avisarme de los riesgos asociados a esa versión moderna y sintética de los opiáceos.

Sin embargo, poco tiempo después, comencé a leer a otros dos "psicólogos" que cambiaron completamente mi forma de ver las cosas y que, curiosamente, me acercaron mucho más a los planteamientos de Rogers que a las rígidas y mecanicistas teorías de Ellis.

Esos dos autores no se estudian en ninguna facultad de Psicología, ni sus ideas son citadas en los manuales de esta disciplina y, sin embargo —en mi opinión— son dos de las personas que han entendido con mayor claridad el funcionamiento del la psique (es decir, del alma) humana. Por supuesto, me estoy refiriendo a aquella monja andariega, soñadora y temperamental, y a su querido “medio fraile”, que fue también el mejor poeta que hemos tenido nunca en las letras castellanas: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

De ambos aprendí que Cristo no vino a enseñarnos cómo suprimir el dolor, sino a darle sentido. Ese matiz, esa grieta luminosa, abrió algo en mí. Porque hasta entonces la psicología me había ayudado a vivir mejor, pero aquellos dos santos lo que me enseñaron fue a aspirar a la Verdad.

Carl Rogers no usa el lenguaje de los místicos, pero comparte con ellos su confianza radical en la Verdad interior. No en un sentido narcisista, sino como apertura humilde a la propia experiencia. Como quien se sienta frente a su alma y conversa con ella. El psicólogo rogeriano no enseña, no corrige, no dirige. Acompaña. Escucha. Confía. Como mi querida Eliza... aunque el viejo Weizenbaum renegara de ella.

Y esa confianza es la piedra de escándalo de la que habla el Evangelio: como el amor a la cruz de Teresa, como el amor de un Dios hecho hombre que no nos pidió nada a cambio de dar su vida por nosotros.

Y yo creo que es también a eso a lo que Rogers, sin decirlo, apunta: que no se trata de eliminar la herida, sino de aprender a habitarla. De dejar que nos hable. Y entonces, poco a poco, sin técnicas ni fórmulas, descubrimos que hay una persona ahí, debajo de las máscaras, esperando ser acogida, deseando amar.

A eso lo llamaba él convertirse en persona.

Y yo lo llamo la salvación del alma.