> El Rey_
Parecía un pastor, o un labriego. Podría tener treinta inviernos o sesenta primaveras, como un joven prematuramente envejecido o un hombre ya maduro muy bien conservado. Sus brazos eran recios; el cabello, negro y rizado. Su barba parecía recién afeitada.
Lo que más me impresionó fue la claridad de sus ojos: con un cansancio dulce, una bondad silenciosa y una punzada de melancolía.
Me saludó cordialmente, con un leve movimiento de cabeza, sin hablar. Estaba apoyado sobre un majano, como quien descansa tras una dura jornada.
Me senté a su lado. Miramos juntos el atardecer. Yo esperaba que me dijese algo, pero él sonrió con la picardía de quien hubiera descubierto mi treta para forzarle a conversar.
Al final no pude reprimir mi curiosidad.
—¿Quién eres?
—El Rey, por supuesto —respondió sin apartar la vista del ocaso.
—¿El Rey? ¿El Rey del valle del Seyur?
—Tú lo has dicho.
En ese instante recordé que estaba soñando. En realidad siempre que sueño con el valle sé que estoy soñando. Pero aquella repuesta me hizo dudar: algo parecía no encajar con mis anteriores visitas oníricas.
¿Sería esto un sueño dentro de otro sueño? ¿Me habría dormido mientras soñaba en el valle olvidado? ¿Es que no es eso la vida? Un sueño que soñamos mientras dormimos en otro sueño más profundo.
El Rey, como si leyera mis pensamientos, respondió:
—No es así, mi amigo. Todo está bien. Por supuesto que soy el Rey del valle. Pero no ese Rey en el que tú estás pensando. Yo soy el símbolo de la unidad y la armonía. No soy un gestor, sino el punto de convergencia entre lo humano y lo divino. Soy el padre de todos mis súbditos. Reino porque mi legitimidad procede de Dios. Y mi misión es custodiar: soy un guardián, no un ingeniero. No pretendo mejorar la sociedad sino protegerla del caos.
Hablaba con suavidad y firmeza, como quien tiene autoridad.
Quizás por eso me arrodillé ante él.
—Majestad —dije inclinando la cabeza—, os suplico una merced.
El Rey apoyó su mano sobre mí.
—Concedida, siempre que no sea en detrimento de mi Reino, de mi Honra, ni de la de mi Reina...
Cuando desperté del sueño no pude recordar la merced que pedí. Tan solo un intenso aroma de lavanda y el nombre de una Reina: Victoria.
