> El valle olvidado_
Algunas noches sueño con un valle olvidado, oculto entre azules cumbres de luminosa piedra y bosques frondosos poblados por miles de pájaros multicolores, que entonan sus antiguas canciones tras el tembloroso verdor de rumorosas copas.
Allí el aire —más viejo que la memoria de los hombres mortales— parece guardar la esencia de los primeros días; los ríos, lentos y reverentes, corren con calma serena, como si custodiaran secretos inmemoriales que sólo sus peces más ancianos pudieran recordar.
A ese lugar velado los silenciosos sabios de antaño lo llamaron el Valle del Seyur, aunque el significado de este nombre se haya perdido hace mucho tiempo en nuestros brumosos reinos de la vigilia.
Recuerdo —si es que es posible recordar los sueños— el corazón fragante de aquel valle dormido, donde, entre campos pálidos de susurrante avena y árboles que dan fruto incluso en la estación de las nieves, reposa una aldea diminuta, tan pequeña y recogida que ni siquiera tiene nombre.
Las casas de la aldea, de muros blancos y techos de paja, se agrupan en torno a una plaza circular donde, según cuentan las viejas, las aguas del solitario pozo entonan un cántico jubiloso cada vez que un enamorado arroja en él una moneda para significar que está dispuesto a renunciar a todo por su amada.
Las puertas de las chozas, amables y entreabiertas, dejan escapar un tibio aroma a pan de sésamo, y el humo fragante de sus chimeneas asciende perezoso hacia el perpetuo cielo azulado.
En el centro del poblado se yergue una iglesita mínima, de enhiesto campanario, cubierta de hiedra y líquenes; cada mañana, el tañido de su campana resuena con un tono tan dulce que parece querer despertar a los ángeles que duermen en la colina.
En torno a cada casa se extienden huertos ordenados y apacibles donde los aldeanos cultivan hierbas de perfume picante, manzanos rebosantes de fruto y azucenas de pétalos argentados como rayos de luna.
Más allá de la aldea, los senderos se pierden juguetones entre cercas de piedra y praderas de hierba fresca, donde el aire huele a lluvia y a tiempo detenido.
Todo en aquel lugar —las ventanas florecidas, las voces afables, los tilos centenarios— respira una quietud tan honda que parece anterior al mundo, como si la aldea entera fuera el recuerdo del sueño de nuestros primeros padres antes de ser expulsados del paraíso.
Los majanos de añosa piedra, cubiertos de húmedo musgo, exhalan el antiguo verdor de los buenos viejos tiempos, y en los campos de cereal, los sencillos labriegos, de sonrisa franca y ojos soñadores, trazan sus surcos con recios arados arrastrados por nobles jumentos, como si el tiempo nunca hubiera osado rozar sus serenas vidas.
En los umbrales de las casas, las mujeres más jóvenes se sientan en escaños de madera bermeja a amamantar a sus criaturas, mientras el sol arranca destellos de azul de sus cabellos azabaches y el aire se llena del tibio aroma de la leche y la hierba recién cortada.
No hay en aquel valle bienaventurado castillo, soldados, ni conde orgulloso que lo gobierne, ni lonjas bulliciosas donde los mercaderes profanen con su oro el silencio virginal de las horas; todos viven en una tranquila alegría, en una paz tejida en la misma urdimbre luminosa que la bruma naciente del alba.
Cada tarde, cuando el hermano sol desciende tras el sonrojado horizonte, parece querer detener por unos instantes su majestuoso curso, para contemplar cómo su asombrosa luz se disuelve entre las fuentes argentadas y las hojas esmeralda, mientras el humo azulino de los hogares humildes asciende con lenta devoción hacia las primeras estrellas que se asoman a la bóveda infinita del cielo.
Bajo aquella mirada serena, las gentes del valle entonan su oración sin pensar jamás en los países más allá de las montañas dormidas, donde reinan el miedo y la desesperanza.
Y al irse a dormir encomiendan su espíritu en las amorosas manos del Padre Eterno, como si cada noche fuese una imagen anticipada de esa apacible e inevitable muerte a la que no parecen temer.
