> Entre las azucenas olvidado_



Volvamos a la idea de aniquilación del yo, según la cual la meta del camino espiritual consistiría en disolverse en un vacío impersonal y sin rostro.

Frente a esa imagen de desintegración, la mística cristiana propone lo contrario: no se trata de desaparecer, sino de recuperar nuestro verdadero yo secuestrado por las cadenas del pecado y la muerte.

Cristo ha venido a liberarnos precisamente de todo aquello con lo que el enemigo pretende aniquilarnos: el yo que se preocupa, el que vive en tensión, el que se odia a sí mismo y a sus semejantes. Es el yo que, como Caín, se siente marcado por un pecado tan grande que no puede ser perdonado.

San Juan de la Cruz nos lo explica con insuperable belleza en la última estrofa de su Noche Oscura:

Quedéme y olvidéme.

El rostro recliné sobre el Amado.

Cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

El místico no habla de olvidar el yo, sino del momento en que toda la carga que lo lastraba queda atrás. No es la identidad lo que se extingue, sino el peso que la oprimía. El yo no se disuelve en un vacío: se reclina confiado en brazos del Amado. Lo que se abandona entre las azucenas no es el ser, sino el cuidado: la preocupación, la ansiedad, la ira.

Y cuando todo eso se desvanece como si nunca hubiera existido, entonces emerge el yo verdadero, ese que estaba oculto tras la niebla de nuestros miedos, el yo redimido por Cristo.

La unión con Dios no es un borrarse, sino un recordar. No significa decir “ya no soy”, sino proclamar: “ahora sé quien soy.” 

El yo que nace de esa unión no es orgulloso ni posesivo: es humilde, agradecido, enamorado. Y, paradójicamente, no hay nada especial en él: es uno mismo, el yo de siempre, pero libre de pecado.

Cuando cesa el cuidado, el yo real no muere: cobra vida. Se levanta del polvo y descansa, por fin, en aquello que siempre ha anhelado.

El gran Rumí intuyó este mismo anhelo en bellísimas y encendidas palabras:

Mi última respiración pronunciará Tu nombre.

Dejo ir mi vida en la esperanza de ser las cenizas de tu fuego.

No necesito la copa de vino ofrecida por los labios de un ángel.

¿Para qué habría de necesitar vino

si ya estoy embriagado de mi amor por Ti?

En la mañana del día del Juicio,

cuando levante mi cabeza del polvo,

será para buscarte a Ti,

para conversar contigo.