> El futuro que no fue_
Uno de mis videojuegos favoritos de principios de los 2000 era Call to Power II, un heredero de la saga Civilization desarrollado por Activision, que te permitía guiar a tu nación desde la prehistoria hasta el futuro lejano.
Y cuando digo lejano, me refiero a eras enteras más allá de la nuestra, con tecnologías de ciencia ficción: terraformadores orbitales, interfaces neuronales, arcologías, ciudades submarinas y armas que parecían sacadas de una película cyberpunk.
Otra de las maravillas de este juego eran sus escenarios, especialmente la campaña de Alejandro Magno y la dedicada al Japón feudal, que combinaba estrategia con elementos de rol, al estilo del Warcraft III.
Pero lo que de verdad me fascinaba del Call to Power II era explorar las tecnologías futuras: era emocionante investigar nanomáquinas, establecer dictaduras ecotópicas o borrar ciudades enteras del mapa usando bombas de nanita. El juego me hacía sentir que estaba viajando a un mañana posible… al menos tal y como lo imaginábamos en el año 2000.
Y, sin embargo, visto desde hoy, ese futuro propuesto por Call to Power II, lleno de satélites espía y energía de fusión, empieza a quedar obsoleto.
Por ejemplo, la Inteligencia Artificial era reducida a un avance menor llamado Vigilancia con IA, concebida como una herramienta policial para supervisar a la población. Esta visión, que limitaba el uso de la IA al control y la seguridad, contrasta con el papel que están alcanzado los actuales modelos de lenguaje natural en el mundo actual, un tipo de pseudo-inteligencia artificial que ha irrumpido en prácticamente todos los ámbitos y parece abocada a redefinir drásticamente el devenir de la humanidad.
Es curioso que una tecnología que tenían casi a la vuelta de la esquina, quedase casi por completo fuera del guion de aquel futuro soñado.
Esto sucede con frecuencia en la ciencia ficción. Hay cientos de ejemplos, pero me viene a la memoria la serie original de Star Trek, con aquellos ordenadores de teclas grandotas, pantallas monocromas y que aún almacenaban los datos en enormes cintas magnéticas, o esos intercomunicadores que parecían móviles de primera generación.
Es el síndrome de el futuro que no fue: ese que soñamos con la estética y las ideas de nuestro presente, y que, cuando el destino nos alcanza, descubrimos que pertenece más al pasado que al porvenir.
