> Juan Alzog_
Termino estos días el cuarto y último tomo de la Historia Universal de la Iglesia de Juan Alzog que comencé hace año y medio; la he ido leyendo sin prisas, dedicándole quince minutos diarios cada mañana, como leí la Historia de Roma de Mommsen.
Lo que más me ha gustado es todo lo que va hasta la reforma protestante. Al entrar en la época moderna hasta nuestros días —mediados del siglo XIX— me comenzó a resultar algo pesada, porque mi desconocimiento sobre la historia de este período es mucho mayor, así que me resultaba difícil seguir el hilo. Además una de los mayores goces para mí de los primeros volúmenes eran las abundantes notas en latín extraídas de textos cristianos antiguos y medievales, cosa que en la época moderna ya no sucede.
Alzog defiende con pasión las ideas de la teología y la ciencia tradicional frente a las corrientes heguelianas de su época. He disfrutado especialmente de su análisis del pensamiento medieval y su crítica demoledora del Renacimiento —que él llama "renacimiento del paganismo"—, y de las ideas racionalistas, ilustradas y liberales.
Todos los ídolos de la modernidad son sistemáticamente puestos en solfa y desmontados por la elegante pluma de Alzog: el Humanismo, el Racionalismo, la Ilustración, la Revolución Francesa, el Romanticismo.
En su defensa de la ortodoxia Alzog no deja títere con cabeza. Su apología de la Compañía de Jesús y sus ataques al liberalismo y a los borbones son tan feroces que la edición española se vio obligada a censurar por completo el capítulo dedicado a la situación de la Iglesia Católica en España durante el siglo XIX, por considerar que contiene exageraciones y falsedades contra nuestra corona.
Como botón de muestra os dejo la bella introducción a las Cruzadas que aparece a principios del tercer volumen:
LAS CRUZADAS
Las Cruzadas fueron el segundo movimiento general de la Europa germánica: caracterizan perfectamente este periodo de la historia del mundo y merecen ser, por esto sólo, detenidamente estudiadas. Son una prueba maravillosa de la benéfica influencia que ejerció la Iglesia, aún en medio de las circunstancias más difíciles, sobre los pueblos germanos, difundiendo entre grandes y pequeños el espíritu del Cristianismo, haciéndoles preferir la posesión de los bienes espirituales a la de los de este mundo, moviéndoles a cumplir sus deberes, no a impulsos de la fuerza, sino a la voz de la conciencia, llenándoles a todos de tan gran entusiasmo religioso que, en un momento dado, logró que príncipes y pueblos enteros se precipitasen sobre el Asia para la conquista de la Ciudad Santa.
Son, además, una de las victorias más bellas de la Cristiandad; porque se vio en ellas a los descendientes de esos bárbaros paganos que en otro tiempo abandonaron las yermas y heladas regiones del Norte, para conquistar otras más templadas y fecundas, animados de un espíritu de conquista completamente opuesto al de sus antepasados, abandonando sus bienes y sus tierras, sus posesiones, en una sola palabra, todo lo que el hombre ama y desea, para realizar a costa de las más duras privaciones, de las más rudas pruebas y de la más completa abnegación, una grande y fecunda idea cristiana.
Ese espíritu nuevo que durante las emigraciones de los pueblos había movido en otro tiempo a los Príncipes a entrar en la Iglesia a la cabeza de sus súbditos, con la esperanza de consolidar a la vez el trono y el orden público, va a mover ahora a los mismos pueblos a seguir los consejos de la Iglesia y el ejemplo de los Reyes, sin que sea necesaria fuerza alguna allí donde la Voz de Dios parece hablar y mandar al corazón del hombre.
Esa lucha magnánima, en que el piadoso entusiasmo de los Cristianos se ha de encontrar frente a frente con el fanatismo religioso de los sarracenos, había sido preparada de lejos por una serie de sucesos encadenados unos a otros. Después de la muerte de Jesucristo, no habían dejado de pasar a Jerusalén hombres de todos los países. El ejemplo de Santa Elena, madre de Constantino el Grande, había animado particularmente a los Cristianos. La iglesia que edificó sobre el Santo Sepulcro se había hecho ya el lugar de peregrinación más frecuentado. En los siglos X y XI fueron muchísimos los que pasaron a Palestina, ya por devoción, ya por el deseo de no tomar parte en los desórdenes del estado y de la Iglesia, agitados entonces por las cuestiones de investiduras. Desde el año 999, Silvestre II había ya empezado a implorar el socorro de la Iglesia en nombre de la devastada Jerusalén, y en 1074, al saber Gregorio VII las vejaciones que tenían que sufrir los peregrinos, concebía ya la idea de reconquistar el Santo Sepulcro a la cabeza de un ejército. "Nuestros padres, escribía, han vistado muchas veces esta sagrada tierra para consolidar la fe católica; nosotros, sostenidos por las oraciones de toda la cristiandad, iremos también allí a defender nuestra fe y a nuestros hermanos, luego que nos abra el camino la gracia de Jesucristo. Porque el camino de los hombres no está en sus manos, sino que es el Señor quien nos guía."
Tal fue la gran visión de las Cruzadas. Por más que mediasen en ellas consideraciones humanas, es innegable que fue una visión del cielo. visión que agitó durante dos siglos todas las naciones de Europa, añadió honra y fe a los Cristianos, e hizo triunfar el entusiasmo de la cruz sobre el racionalismo, como había triunfado en otro tiempo sobre la razón pagana.
La belicosa e indisciplinada muchedumbre, de que fue jefe Pedro el Ermitaño, estaba ya medio derrotada cuando llegó a Bulgaria y fue destruida completamente por los turcos en las llanuras de Anatolia. Organizándose, empero, otra Cruzada, mejor dirigida, se triunfó de los sarracenos, se conquistó Jerusalén el 15 de julio de 1099 y se fundó el reino de Godofredo de Buillón, piadoso monarca que no quiso llevar la corona en los mismos lugares en que nuestro Salvador ciñó la de espinas.
El papa Urbano, promotor de la gloriosa empresa, no llegó a saber de la Jerusalén liberada sino en el cielo, porque murió el 29 de julio del mismo año, antes de que llegara a Occidente la gloriosa nueva de esta gran conquista.
Juan Alzog. Historia Universal de la Iglesia
