> La casa de las bellas durmientes_
Ayer acabé de leer La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata.
La novela me ha dejado una sensación extraña, no tanto por lo inmoral y desagradable de su argumento —un sexagenario que acude a una extraño burdel en el que ancianos impotentes pasan la noche admirando y acariciando a jóvenes desnudas y narcotizadas— sino, sobre todo, por la angustia vital del protagonista: su tormento frente a la pérdida del deseo.
Siempre he pensado que el poder de la belleza física para enajenarnos es una maldición.
Sin embargo, el protagonista de la novela vive justo lo contrario: la desaparición del deseo como un abismo.
Cada noche, al observar a una de esas muchachas dormidas, recuerda a las mujeres que han marcado su vida: una existencia que el deseo ha convertido en caótica, sin sentido, jalonada de errores.
Y, sin embargo, al sentir desvanecerse ese impulso, parece sentir que pierde también su identidad. Como si el verdadero centro de gravedad de su vida hubiera sido, precisamente, esa fuerza ciega, alienante, y al verse privado de ella se sintiera perdido.
Eso es lo que más me desconcierta del libro: lo que yo vivo como liberación, Kawabata lo describe como caos y vacío. ¿Seré yo tan raro?
Hoy, en esta etapa de mi vida en la que, poco a poco, voy liberándome de la tiranía del deseo, encuentro en ello una serenidad inesperada: poder admirar la belleza femenina sin sentirme arrastrado por ella me parece una auténtica bendición.
Ojalá hubiera vivido siempre así, sin esa tensión continua que tantas veces me complicó la vida.
