> Un cuento de San Valentín_
Luis tiene cuarenta y dos años. Desde hace veinte trabaja como repartidor de una empresa de mensajería en una pequeña ciudad industrial. Vive con su perro salchicha en un apartamento que heredó de sus padres.
Su único familiar cercano es una hermana que ha formado una familia en Francia y que de vez cuando le envía por correo electrónico las fotos de sus dos encantadores sobrinitos.
La vida de Luis es muy sencilla: cada mañana se levanta temprano, saca al perro, coge la furgoneta y va al almacén a por los paquetes del día. Antes de empezar el reparto desayuna en una cafetería donde todas las camareras le llaman por su nombre.
Luis no tiene verdaderos amigos, pero no es en absoluto una persona asocial: sonríe a todo el mundo y nunca rehúye una buena conversación.
Desayuna despacio. Le gusta observar todo lo que sucede a su alrededor, mirar la calle por la ventana de la cafetería. Disfruta intensamente contemplando los árboles, el cielo, los edificios. Lo que más le gusta mirar son los gorriones, los niños y las mujeres bonitas. En esos momentos se siente profundamente agradecido por vivir rodeado de tanta belleza.
A veces las camareras charlan con él. Se nota que lo aprecian. Es un hombre que cae bien a todo el mundo. No parece un solterón amargado, sino alguien positivo, buena persona, que inspira confianza y una tranquila alegría.
Los vecinos lo conocen, le comentan cosas sin importancia, le preguntan por el perro.
Luis termina de desayunar —un zumo de naranja, unos churros y un café con leche— y siempre deja una pequeña propina, algo que ya no hace casi nadie en su ciudad. A veces las camareras le riñen por eso. Pero él siempre insiste: "El día que no pueda permitírmelo, no os preocupéis que dejaré de hacerlo."
Lo cierto es que Luis gana muy poco dinero con su trabajo, pero no necesita más. Sus gastos son pequeños: no le gusta viajar, no va nunca a espectáculos ni sale de fiesta. Su único lujo es ese desayuno en la cafetería y otro cortado con una napolitana de jamón y queso, cuando va cada tarde a la terraza de la misma cafetería acompañado de su perro.
Eso es todo lo que come durante el día. Por las noche suele cenar algo ligero: una tortilla a la francesa o un poco de pescado, algunas verduras hervidas y un vaso de leche con miel. A pesar de comer tan poco su peso es equilibrado y su salud excelente: no recuerda la última vez que estuvo enfermo. En los últimos años solo ha cogido algún resfriado sin importancia. Jamás ha tenido que pedir una baja laboral.
Luis trabaja cada día entre tres y cuatro horas haciendo el reparto, a veces menos, depende del día.
Le gusta su trabajo. Valora tener tanto tiempo libre para pasear, para leer, para no hacer nada.
La mayoría de los repartidores lo acaban dejando porque no se gana mucho: el sueldo no llega ni a seiscientos euros al mes, pero para él es más que suficiente.
Por la noche, después de cenar, suele ver alguna película o lee durante un rato antes de dar un último paseo al perro y acostarse.
Luis tiene un gran secreto: lleva veinte años profundamente enamorado de una mujer a la que apenas vio una docena de veces.
Lo único que sabe de ella es su nombre: Teresa Sánchez García.
Luis conoció a Teresa poco después de comenzar a trabajar como repartidor. Era una chica joven, de diecisiete o dieciocho años. Nunca supo su edad.
Teresa vivía con sus padres. Luis la llevó varios paquetes que ella había comprado por internet. Desde el primer momento en que la vio se sintió absolutamente fascinado por ella.
Luis ha reflexionado muchas veces qué es lo que vio en Teresa para caer tan rendidamente enamorado, y no lo sabe.
Teresa era alta, delgada, de piernas esbeltas y brazos tonificados. Tenía unos ojos preciosos del color de la Coca-Cola, nariz fina, pelo moreno... una chica muy bella, sí... como tantas otras.
Luis no tuvo ninguna conversación especial con Teresa. Simplemente le entregó los paquetes. Intercambiaron alguna sonrisa, alguna mirada que quizás duró unos segundos más de lo habitual... eso fue todo.
Sin embargo, desde la primera vez que la vio, algo de Teresa se quedó intensamente grabado en el más profundo centro de su alma: había algo en ella que le resultó absolutamente arrebatador.
Nunca se atrevió a decirle nada. No le dio tiempo. Sólo sabe que durante los meses en que le estuvo llevando paquetes, todas las noches, antes de quedarse dormido, pensaba en ella y sentía una punzada de dolor dulcísima en el corazón. La cosa más dulce que había sentido nunca.
Luis no recuerda cuándo fue el último día en que le llevó un paquete. Solo sabe que el tiempo empezó a pasar y los paquetes dejaron de llegar.
Al cabo de unos meses comenzó a inquietarse. Un día se armó de valor y fue casa de Teresa sin llevar nada.
Abrió la puerta un hombre joven. Luis preguntó por Teresa. El joven le respondió que allí no vivía ninguna Teresa, que quizás fuera la hija de los antiguos inquilinos. Luis preguntó si sabía dónde vivían ahora y el joven le dijo que no tenía ni idea.
Nunca más volvió a saber de Teresa.
Al principio pasó por una época de desesperación. No había hecho planes respecto a Teresa. No quería forzar nada. Tenía una tonta intuición, una especie de fe ciega en el destino. Estaba convencido de que en algún momento la vida le daría la señal necesaria para dar el paso y que no debía precipitarse.
Y de repente ella había desaparecido. No había forma de encontrarla. No sabía ni por dónde empezar. La casa era propiedad de un banco y era imposible obtener ningún dato de ellos. Preguntó a otros vecinos del bloque: nadie sabía nada.
Aquella familia había llegado a la ciudad hacía un año y se habían marchado de la misma forma que vinieron; no había manera de encontrar ni rastro de ellos. Se los había comido la tierra.
Durante meses la buscó por internet, en perfiles de redes sociales. No encontró nada. Había cientos de mujeres con aquel nombre, pero ninguna era ella.
Teresa había sido el segundo gran amor en la vida de Luis. Al otro lo conoció con cinco años y fue una historia asombrosamente parecida. Sucedió en el jardín de infancia. Luis solo recordaba que era una niña pecosa y con coletas que se llamaba Lucía. Una niña guapísima con unas botas de goma rojas hasta las rodillas.
Al igual que Teresa, Lucía le había parecido desde la primera vez que la vio absolutamente arrebatadora. Tampoco se atrevió nunca a hablar con ella, pero quería recordar que algunas noches pensaba en ella antes de quedarse dormido; no estaba seguro del todo, pero tenía la impresión de que quizás fue entonces cuando sintió por primera vez aquella misma punzada en el corazón que ahora sentía con Teresa.
Después Lucía cambió de colegio y nunca la volvió a ver.
Tras varios meses de gran sufrimiento, Luis decidió buscar apoyo profesional. La psicóloga le habló de un patrón de apego inmaduro a relaciones idealizadas e inalcanzables surgido del miedo a establecer compromisos reales.
Luis sintió que aquella psicóloga lo estaba acusando. Era como si le dijese que lo que para él había constituido la experiencia más maravillosa de su vida fuese algo enfermizo o erróneo.
Él no idealizaba a Teresa, simplemente la amaba. No se imaginaba nada en concreto de ella ¡no era tan estúpido! Sabía perfectamente que no la conocía, que no tenia ni idea de cómo era su forma de ser, su personalidad, sus gustos, su carácter... Lo único que sabía es que había algo en ella que despertaba en él una dulzura, un gozo mas intenso que cualquier otro que hubiese conocido nunca. ¿Eso no era real?
Decididamente aquella psicóloga era una absoluta imbécil.
Sin embargo, paradójicamente, aquellas pocas sesiones de terapia tuvieron un efecto sanador en Luis. No el que la psicóloga esperaba, pero sí reestablecieron su equilibrio, eliminaron los síntomas de depresión y le proporcionaron una paz interior, una serenidad y un sentido mayor del que jamás hubiera experimentado.
Luis decidió no hacer caso a la psicóloga. Aquel "tienes que soltar" le parecía el peor consejo que le hubieran dado nunca.
¿Soltar? ¿Soltar la experiencia más maravillosa de mi vida? ¡Esta tía es imbécil! ¡No! No voy a soltar. Es cierto: me duele, me duele muchísimo haber perdido a Teresa, quizás para siempre, pero no quiero dejar de amarla. Si para dejar de sufrir tengo que "soltar" este gozo infinito, por supuesto que elijo el dolor. Elijo seguir amándola por mucho que me duela. Elijo seguir amándola siempre. Con toda mi alma, con todo mi ser, con todo mi corazón.
Aquello fue una revelación para Luis. De pronto se sintió el hombre más afortunado del mundo: nadie podía quitarle aquello. Tenía lo que más deseaba en el mundo. No a Teresa, sino la posibilidad de seguir amándola.
De pronto comprendió que en la lotería de la vida, le acababa de tocar el premio gordo. Y no había nada ni nadie que pudiera cambiar aquello.
Por primera vez en su vida, se sintió absolutamente dueño de su destino, completo, feliz.
Desde entonces Luis empezó a pensar en Teresa intensamente varias veces al día, especialmente antes de dormir. A veces también por las tardes, al terminar de trabajar, cuando paseaba por el parque o se quedaba sentado en algún banco.
No trataba de recordar los momentos en que estuvo con ella. Ni siquiera tenía ya un recuerdo claro de su rostro. Tampoco proyectaba ninguna fantasía de lo que podría suceder en el futuro si se volvieran a encontrar algún día.
Simplemente sentía su presencia dentro de él y se dejaba embriagar por la belleza que esta despertaba en su interior, por esa belleza que no tenía comparación en el mundo.
Y esa belleza era real. Y al sentirla, Luis sentía que era Teresa quien estaba dentro de él, absolutamente presente. Como si el cuerpo energético de Teresa se fundiera con su propio cuerpo. Y esa fusión iba acompañada de un gozo intensísimo que empezaba en el corazón y que se iba extendiendo poco a poco a través de cada célula, como si cada milímetro de sus cuerpos se estuviera amando apasionadamente: las manos, los brazos, la columna vertebral, el centro mismo del cerebro.
A veces la sensación de gozo era tan intensa que sentía espasmos de deseo. No se trataba de ningún tipo de fantasía sexual, y sin embargo era la experiencia más erótica que hubiera vivido nunca. Lo más parecido que había sentido era el estallido de placer y bienestar que sobreviene justo en el momento del orgasmo, pero multiplicado por mil en intensidad y, sobre todo, en duración, pues ese estado podía alargarse durante horas y el temblor y el estremecimiento que le sucedían, acompañarle durante el resto de la jornada.
Luis no siente que ese estado tan gozoso le aleje de nada: todo lo contrario. Siente que todo en su vida se desarrolla con una con una ligereza, una serenidad, una paz, una ausencia de miedo, que de otra forma serían inalcanzables.
Cuando ve, por ejemplo, a una mujer bonita, no se cierra en absoluto a tener una relación con ella. Simplemente no siente ninguna urgencia, porque sabe que algo así solo tendría sentido si encontrara el mismo tipo de conexión que siente con Teresa. Y, hasta ahora, eso no ha sucedido.
En realidad no sabe si sucederá alguna vez. Tampoco le preocupa. A veces sonríe cuando piensa en ello. A veces siente que, de alguna forma, ya está enamorando de todo lo que existe.
