> La pintora_
Mi madre siempre quiso ser pintora. Y lo fue. En sus últimos años de vida solía repetirlo con satisfacción:
—Sí, señor: soy pintora. Quizás no tan buena como hubiera querido, pero creo que mi padre se puede sentir orgulloso de mí.
Mi madre no tenía ninguna duda de que en la otra vida —que es la buena—, de alguna manera se iba a reencontrar con su padre, y que mi abuelo, que fue un magnífico pintor, no solo se sentiría feliz de volver a tenerla, sino que además estaría orgulloso de ella por todo lo que había logrado en el terreno artístico.
Mi madre pintó durante toda su vida. Es cierto que no tiene una obra excepcional, si se compara con la de mi abuelo, pero en su madurez logró desarrollar un interesante estilo propio en los retratos —a medio camino entre lo naíf y el expresionismo—, y sus dibujos de juventud podrían figurar dignamente en cualquier historia del arte contemporáneo.
Mi madre no tuvo casi ningún reconocimiento oficial, ni tampoco le importó: algunas exposiciones grupales, las portadas que realizó para Cuadernos Hispanoamericanos y un premio de un concurso internacional al que presentó una tinta china ilustrando el Padre Nuestro en castellano, catalán, gallego y vasco.
El único reconocimiento que le importó —aquel del que ya no dudaba cuando, cumplidos los noventa, seguía pintando— fue el de aquel padre al que adoraba, ejecutado a garrote vil en la madrileña cárcel de Porlier, cuando ella era solo una niña de nueve años.
