> Lecciones de World of Warcraft_
Si Alberti decía que nació con el cine, yo podría decir —perdonadme también— que nací con los videojuegos. Ya sé que hay distancia: hasta ahora no se ha creado ninguno que alcance la excelencia de El hombre tranquilo.... Será por eso que yo nunca escribiré tan bien como el poeta del Puerto de Santa María.
Los últimos videojuegos a los que jugué y disfruté fueron los de finales de los 90, época en que mi interés por los estudios y las chicas crecieron de forma tan desmesurada que abandoné por completo el resto de mis aficiones.
Con el paso de los años mi cabeza y mis expectativas se fueron temperando y, poco a poco, recuperé algo de tiempo para los entretenimientos inocentes de mi infancia.
Cuando quise volver a los videojuegos descubrí que, salvo las irreductibles aventuras conversacionales, el resto de géneros había cambiado tanto que me resultaban incomprensibles. Con cierta mezcla de orgullo y estupefacción comprendí que me había convertido en un retro, palabra que debe ser apócope de retrógrado: podía seguir disfrutando de las viejas creaciones de los años 80, pero me era casi imposible entender los juegos hechos para la PlayStation.
Por todo ello fue una grata sorpresa cuando, poco después de empezar a trabajar como profesor de Secundaria, descubrí un juego nuevo que me encantó: World of Warcraft.
Estuve como seis meses viajando por Azeroth, y si al final lo dejé fue, precisamente, porque la experiencia se estaba convirtiendo en un verdadero agujero en el tiempo: por más horas que pasaba jugando, siempre me parecían pocas.
World of Warcraft me ayudó a soportar un muy difícil año de mi vida: perdido en la Mancha y doblemente perdido como docente.
Pero es que, además, y aunque pueda parecer increíble, de un videojuego también se pueden aprender lecciones para la vida:
- Lo que importa no es alcanzar tus metas, sino disfrutar al hacerlo.
- Cuando por fin las alcanzas, comprendes que no era para tanto.
- Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
