> Mi película favorita_
Cuando alguien me pregunta cuál es mi película favorita, la respuesta sale sin dudar: The Quiet Man, de John Ford.
No es la más redonda ni la más sofisticada, pero sí la más honesta y la más profunda que he visto sobre lo que realmente significa el amor conyugal. Cada vez que vuelvo a ella, o cada vez que comparo su final con el de otras películas románticas que se han convertido en clásicos modernos, la diferencia me resulta más evidente.
Pienso, por ejemplo, en Le Fabuleux Destin d’Amélie Poulain, una película encantadora, casi irresistible: colores saturados, París de postal, una protagonista adorable que arregla vidas ajenas con pequeños gestos mágicos y, al final, un beso lleno de dulzura en el apartamento de Amélie que sella la historia con la promesa de un amor perfecto.
Sales de la sala convencido de que la timidez puede ser recompensada y que un poco de valentía y mucha bondad bastan para conseguir la pareja ideal.
Es un cuento de hadas contemporáneo, bien envuelto y con lazo. Y, sin embargo, cada vez que la veo, algo dentro de mí chirría. Ese final tan redondo, tan satisfactorio, me deja con la sensación de que me han vendido un chicle de menta: fresco al principio, pero que al poco tiempo se transforma en un trozo de goma repugnante e insípido.
En The Quiet Man John Ford no nos ofrece un sueño edulcorado. A pesar de que Maureen O’Hara es, sin lugar a dudas, la mujer de mis sueños, no deja de ser -como advierte el viejo casamentero- "una pelirroja con todas sus consecuencias".
Seán Thornton no regresa a Irlanda para casarse con una princesa, sino para recuperar su dignidad. Mary Kate Danaher no es una damisela que espera ser rescatada; es una mujer con su propio fuego, terca como una mula, independiente y dispuesta a lo que haga falta para defender su orgullo.
Y Thornton no se asusta. No ama a Mary Kate por lo que espera obtener de ella, ni por cómo encaja en sus fantasías. La ama porque, a pesar de verla tal y como es -con su temperamento, su obstinación, su exigencia de ser tratada como igual-, decide quedarse con el paquete al completo.
Ese compromiso no es un contrato romántico con Mary Kate; es un compromiso consigo mismo respecto a ella, con sus creencias más profundas, con su fe. Thornton se enamora de Mary Kate porque le parece la chica más bonita del pueblo, pero decide casarse con ella porque está dispuesto a amarla con toda su alma, a pesar de ser la más difícil de todas.
Thornton ha vuelto a su tierra para superar el dolor de haber matado a un hombre en el ring. Casarse con Mary Kate y defenderla -incluso cuando eso significa pelear en público, soportar el escándalo y pasar por la humillación- forma parte de esa restauración interior.
No negocia con ella. No le pide que sea más dulce, más sumisa o más fácil. La acepta tal y como es: con su empeño por recuperar una dote que a él le resulta incomprensible, con su genio, sus desplantes, con el ridículo por el que le hace pasar... Y Mary Kate, por su parte, no acepta el amor de Thornton hasta que está segura de que él está dispuesto a todo por mantener su palabra, a darlo todo por ella, a actuar como un auténtico hombre.
El beso final de The Quiet Man no cierra un cuento de hadas. Es la culminación de una batalla mutua, áspera y violenta, en la que ambos se reconocen como iguales en su terquedad y en su entrega. No hay idealización ni perfección. Hay reconocimiento de la realidad del otro, con todas sus consecuencias.
Y ahí reside la grandeza de la película: el amor no se presenta como recompensa mágica ni como solución a los problemas del alma. Se muestra como algo que aguanta el mundo tal como es, que soporta el orgullo, la tradición, el paisaje y hasta la violencia contenida. Comparar eso con el amor de Amélie, es como comparar el licor de un bombón de Maxim’s con una buena copa de whisky irlandés.
El amor de John Wayne por Maureen O'Hara no promete que vaya a arreglarlo todo, pero demuestra que está dispuesto a sobrevivir a cualquier cosa. Seán Thornton no ama para sentirse completo; ama porque ha decidido hacerlo pase lo que pase, hasta que la muerte los separe, y esa decisión es inquebrantable y a prueba de bombas.
El beso final de Amélie, en cambio, es un timo de manual: dulce, limpio, sin precio visible. La película te vende a la chica rarita y soñadora que encuentra su media naranja y el espectador sale del cine con una sonrisa en los labios y completamente engañado: "¡Qué bonito es estar in-love!"
Pero la biología y la estadística no engañan: ese pico de dopamina y oxitocina tiene fecha de caducidad, y lo que viene después no es amor eterno, es un abismo que acaba cayendo por su propio peso: un amor nacido de la carencia y que, cuando la verdad desagradable asoma, si no existe un compromiso claro, no con la persona amada, sino con uno mismo respecto a ella, acaba, irremediablemente en resentimiento, separación o supervivencia emocional.
