> Ocupados en otras cosas_
Hay una escena de Tierras de Penumbra que me encanta: Joy le pregunta a Lewis de qué parte estuvo durante la Segunda Guerra Mundial: “En el año 38 sólo había dos opciones: o eras fascista y conquistabas el mundo, o eras comunista y lo salvabas.”
Y Lewis le responde lacónico: “Seguramente yo andaba ocupado en otras cosas.”
Como demuestra su excelente distopía Esa horrible fortaleza, Lewis no era en absoluto ajeno a los dramas de su tiempo, pero tampoco aceptaba el chantaje de reducir la realidad a un programa político.
Sabía que hay guerras más profundas que las que nos cuentan los periódicos y que la línea que separa el bien del mal no pasa por fronteras geográficas ni trincheras de partidos, sino por el corazón humano.
El pensamiento moderno se desespera ante cualquiera que no pueda encasillar: Chesterton fue monárquico y revolucionario, católico y amigo de herejes. Tolkien amaba la misa en latín y escribía cuentos sobre brujos, dragones y elfos. Y Lewis, con sus aires de profesor distraído, era el más radical de los tres: un hombre convencido de que el mundo espiritual es más real que el visible y la fe, la plenitud del intelecto.
El lector actual, acostumbrado a dividir el mundo en buenos y malos, escépticos y fanáticos, a decidir de un plumazo quién es “de los míos” y quién “de los otros”, no soporta esa clase de ambigüedades.
Si alguien escribe sobre la gracia, la expiación o la misericordia —salvo que sea un beato o un meapilas— todos piensan que está bromeando.
Pero cuando Lewis contesta a Joy que estaba “ocupado en otras cosas”, lo que quería decirle era algo profundamente serio: “estaba tratando de salvar el mundo a mi manera.”
En un siglo que convirtió la política en religión, él siguió defendiendo que sólo la fe podía salvar al hombre. Mientras las ideologías prometían el paraíso en la tierra, él nos recordaba que todas las utopías terrenales acaban oliendo a azufre.
Por eso el pensamiento de Tolkien, de Chesterton y de Lewis resulta hoy tan desconcertante: no miran a la izquierda ni a la derecha, sino hacia arriba. Mientras el mundo se divide en bandos, ellos nos recuerdan que la verdad no se vota, que la justicia no se decreta, y que el bien y la belleza no se conquistan.
Al fin y al cabo, ¿En qué otra cosa podían andar ocupados unos tipos que todavía creían en el Reino de los Cielos?
