> Tempo lento_



Cuando trabajaba como profesor de Secundaria en Pedro Muñoz, me hice muy amigo de un profesor de Tecnología que se llamaba Saturnino.

Satur tenía aspecto de labrador y me doblaba la edad. En aquellos años en que aún se podía fumar y beber vino en las cantinas de los centros de enseñanza, pasé muy buenos ratos escuchando a Saturnino contar anécdotas de su experiencia como maestro (en La Mancha no éramos profesores, sino maestros) mientras bebíamos caldos del país y nos echábamos unos cigarrillos en las horas libres.

Recuerdo una vez que, casi al final de un curso escolar, le comenté a Satur lo rápido que se me había pasado aquel año. Su respuesta se quedó grabada en mi memoria:

—Pues si ahora se te ha pasado rápido, verás cuando tengas mi edad.

Lo curioso es que ahora, que ya debo de andar rondando los años que por aquel entonces tenía Saturnino, mi percepción del tiempo es mucho más reposada que la que tenía por aquel entonces.

No sé a qué se puede deber. Quizá sea por el tipo de vida que llevo, tan alejada del estrés del instituto, o tal vez por mi forma actual de ver las cosas. Pero lo cierto es que la impresión que tengo es que el tiempo transcurre con extraordinaria lentitud. Pienso en los tres meses que han pasado en lo que va de año, y me parece que han sido tres años. Y si me paro a recordar todo lo que ha sucedido en los últimos seis años, lo veo tan lejano como si hubiera transcurrido media vida.

No lo digo como una queja. Tampoco lo considero ningún logro. Simplemente las cosas son así: tengo la impresión de vivir un tempo lento. O, más bien, apartado del tiempo, como el Merlín de las leyendas artúricas. No es algo que haya buscado, aunque reconozco que me gusta que sea así. No sé explicarlo realmente. 

En cualquier caso, me alegro de que Satur se equivocase.