> Primera semana_
Comunicación y Sociedad
Empezaré por el grupo que más ilusión me hace, pero también el que más miedo me genera: Comunicación y Sociedad de 2º de FP Básica.
Cuando me ofrecieron completar horario con siete horas de Alternativa a la Religión o con este grupo, lo tuve claro: siete horas de no hacer nada repartidas en distintos cursos, sin currículo ni continuidad, son un desgaste silencioso. En cambio, un grupo pequeño, con un programa real y vínculo posible, aunque sea difícil, es otra cosa.
La directora, que me parece una persona fantástica, me animó: me dijo que eran chicos que en el pasado habían cometido errores, que los más conflictivos ya habían abandonado, y que el tiempo jugaba a nuestro favor. Lo cogí con una mezcla de ganas, miedo e ilusión. Más o menos como si me fuera a casar.
La primera impresión fue: "¡Gracias, Dios mío, no son unos psicópatas!" Tienen 16-17 años, pero se comportan como niños de 8-9, para lo bueno y para lo malo: cariñosos, divertidos, inquietos, desobedientes. Me gustaron.
Las dos primeras clases las pasé muy bien: presentándome, explicándoles lo que me gustaría hacer con ellos. La tercera se portaron mal. Nada grave, pero sí lo suficiente para que mi "loca de la casa" empezara a gritarme por dentro: "lo has hecho muy mal, vas a tener un curso horrible, no vas a saber hacerte con ellos". Me fui a casa asustado, pero me senté a observar las sensaciones que el miedo provoca en mi sistema nervioso. Y descubrí algo que ya sabía muy bien: da igual que procedan del miedo: son fantásticas. ¡Estoy vivo! Me sonreí. Pasé la tarde observando, sin dejarme arrastrar. Por la noche empecé a discernir cómo actuar desde el lado del amor.
Al día siguiente les dije que había dormido mal por culpa de mi anciano perro —lo cual en parte es verdad, porque a sus catorce años, Ody a veces se pone a ladrar de madrugada—, y así me sentí más tranquilo por si notaban que no estaba tan alegre como los días anteriores.
Luego les leí el fantástico comienzo del Código del Samuray: "Desde el primer día del año en que un Samuray toma los palillos para desayunar hasta el último, en que guarda la pluma después de haber terminado de anotar sus cuentas, un buen Samuray debe tener siempre un pensamiento en su mente: mañana puede ser el último día de mi vida".
Y de ahí pasé a hablarles de la Compañía de Jesús, de cómo San Ignacio organizó a sus sacerdotes según el antiguo código caballeresco, y de cómo los jesuitas lo llevaron al Japón y cómo este influyó en los samuráis. Y después les hablé de la importancia de observar el miedo sin dejarnos dominar por él, de cómo nuestras emociones proceden de pensamientos que muchas veces son irracionales, y de cómo no debemos dejarnos arrastrar por ellas, sino pararnos a observar. Y me puse a mí mismo como ejemplo: les dije que cuando empezaron a hacer el burro sentí miedo —miedo a que otros profesores pensaran que mi clase era un manicomio, miedo a que ellos me perdieran el respeto—, que no sabía qué hacer, que decidí esperar, pero que ya sabía cómo actuar.
Les dije: mi papel aquí no es el de un "poli malo". Eso no lo quiero hacer y además no sé hacerlo. Eso es lo que hubiera hecho de haberme dejado dominar por el miedo. Como el samuray que por miedo al peligro actúa sin pensar: siempre se equivoca, tanto si ataca como si huye.
A veces hay que huir, a veces hay que atacar, pero si lo haces llevado por el miedo, estás fallando. Es mejor morir actuando según el código del bushido que vivir habiendo actuado con miedo.
Entonces, si el miedo me dice "actúa como poli malo", yo digo: ¡te veo, Mara! —ya os contaré otro día ese cuento, que también es muy bonito, les dije— y sigo observando mis sensaciones.
En conclusión, les expliqué que ahora podía actuar porque sabía que lo iba a hacer guiado por el amor: no como un poli malo, sino como un emperador. Debo ser vuestro guía, quien os enseñe a cumplir las normas, aunque no os gusten —y a veces tampoco me gustan a mí—. Debo ser el que os enseñe a recuperar vuestro poder personal, el que os convierta en líderes. Y para eso tengo que ser yo mismo un buen líder. Y eso incluye quereros mucho, pero querer también es saber poner límites.
Y entonces comenzaron a portarse mejor sin ponerse a la defensiva. Aquella noche dormí a pierna suelta.
Cultura Clásica
Este era, a priori, el grupo que más miedo me daba. Incluso más que el de FP Básica. ¿Por qué? Porque no tenía ni idea de cuántos alumnos se habían matriculado, y un grupo de 2º de ESO con veinte o treinta alumnos puede resultar agotador, lo sé por experiencia. Así que mi primera y muy agradable sorpresa fue ver que eran muy poquitos: media docena. Pero lo mejor no fue eso, sino que además el comportamiento me pareció excelente en todos. Solo he tenido dos clases con ellos, pero creo que no me voy a llevar sorpresas.
Les expliqué un poco cómo va a ser la asignatura, el tema de la evaluación continua —el que no haya exámenes siempre les supone una gran tranquilidad— y que mi enfoque, como filólogo clásico, da mucha importancia a la parte lingüística, a la etimología, a las raíces. Porque muchos profesores, y casi todos los manuales, convierten la Cultura Clásica en una especie de "Historia y Sociedad de Grecia y Roma", pero yo creo que lo más interesante que esta asignatura puede aportar no es eso, sino todo lo que tiene que ve con los aspectos lingüísticos.
La primera unidad didáctica —o como se llamen ahora— la voy a dedicar precisamente al tema de las lenguas indoeuropeas, las lenguas romances y las lenguas en el mundo antiguo.
Les vi atentos, encantadores, curiosos y listos. Creo que este grupo no me va a dar ningún dolor de cabeza y sí muchas satisfacciones.
Latín I
También son poquitos, media docena, todas chicas. ¡Qué bien!, diría cualquiera. Pues no. Porque no solo son flojas, —en un par de clases me di cuenta de que tenían un nivel académico de 6º de primaria, y no exagero—, sino que además hay alguna que creo que tiene incluso cierto retraso intelectual, y otras con esa actitud defensiva típica de las adolescentes en las que cualquier cosa que les digas te la responden con un ataque. La buena noticia es que esto no me pilla de sorpresa: por desgracia es bastante habitual en el llamado Bachillerato de Humanidades.
Habida cuenta de los mimbres de que dispongo, mi plan es hacer poco pero bien. Como objetivo máximo, que sean capaces de asimilar la mayor parte del vocabulario de los primeros XV capítulos de Familia Romana y traducirlos.
La rutina de las clases será siempre la misma: primero leo yo un párrafo, pido a una alumna que lo traduzca, y si no entiende algo, la ayudo, dando explicaciones de todo tipo —especialmente cultura y etimología— y tomando ellas nota. De esta parte evalúo la atención y que el cuaderno esté limpio y claro. Les insisto en que repasen siempre en casa todo lo que vamos haciendo en clase.
Después de terminar cada lección —normalmente cada capítulo tiene tres lecciones, y terminar cada una puede llevar varias clases con este grupo, no hay prisa, lo importante es que quede bien entendida—, la volvemos a leer juntos, pero esta vez serán ellas las que la tienen que leer y volver a traducir, y ahí sí que puntúa que lo hagan bien, porque se supone que ya la han traducido antes. Es decir, cada clase es en realidad un examen: evaluación continua.
Respecto a las tareas, además de releer el texto ya visto para aprenderse bien la traducción y poder traducirlo sin problemas, les iré proponiendo pequeñas exposiciones orales. Por ejemplo, el primero va a ser ¿Por qué el latín es una lengua muerta y a la vez inmortal? Se pueden ayudar con IA, no me importa, lo importante es que la exposición sea oral y clara.
Si todo va bien, algún día a la semana lo dedicaré a audiovisuales; tengo muchos DVD interesantes, desde películas, series y documentales de historia hasta cortos en latín realizados por los alumnos de la Escuela Católica de Wyoming. Sobre todo un día que tenemos clase a última hora, creo que si todo va bien, ahí podríamos relajarnos un poco con esto.
Pero lo que de verdad me preocupa no es el nivel ni el método, sino esa actitud que he detectado en algunas alumnas de: no quiero estar aquí y cualquier cosa que me digas la voy a usar en tu contra.
Cuando una alumna responde a cualquier cosa que le dices con un ataque preventivo, no está reaccionando a mí, está reaccionando a una historia. Esa actitud es el resultado de años de sentirse juzgada, comparada, corregida, suspendida, señalada. Ha aprendido que el adulto que se acerca es una amenaza, y ha desarrollado un sistema de defensa automático: atacar antes de que te ataquen, despreciar antes de que te desprecien, rechazar antes de que te rechacen. No es contra mí: es contra todo lo que yo represento.
Saber esto no la disculpa, pero me ayuda a no tomármelo como algo personal. Y eso es el primer paso para poder actuar sin quemarme. Con este perfil, casi todo lo que funciona con otros alumnos fracasa: la empatía, el sermón, la lógica, la exigencia, el castigo, la indiferencia. Es una trampa casi perfecta.
¿Qué puede funcionar, aunque despacio? No entrar al trapo cuando ataca. Dar instrucciones claras y cortas, sin margen para la interpretación. Valorar lo mínimo, en privado. No personalizar. Mantener la puerta abierta, aunque parezca que no hay nada que hacer. Y sobre todo, no medir mi éxito por ella: mi éxito no es que aprenda latín, ni que me respete, ni que me sonría. Mi éxito es que yo siga siendo fiel a lo que soy, independientemente de lo que ella haga.
Y abrazar la cruz y encontrar luz en ella. No devolverle el ataque con otro ataque, no hundirme cuando me rechaza, no dejar de estar ahí aunque ella no responda, ofrecerle lo que tengo sin esperar nada a cambio. Y si me ataca, no vivirlo como una herida, sino como una ocasión de amar sin condiciones y de llevar yo también un poco sobre mis hombros la cruz del Inocente.
Latín II
Aquí las cosas han ido bastante mejor. Son pocos, la mitad viene huyendo de las Matemáticas y se han matriculado de Latín I y Latín II a la vez. Pero parecen razonablemente buenos académicamente, y en su mayoría tienen buena actitud y se les ve con ganas de trabajar.
Con ellos pienso aplicar el mismo sistema que en Latín I, pero de forma más intensiva: lo suficiente como para que logren asimilar los veinticinco primeros capítulos del Familia Romana y enseñarles algunos trucos para aprobar la PAU.
Que casi la mitad de la clase no diera latín en I me da la excusa perfecta para empezar de cero el libro. Ya lo he hablado con la directora y me ha dado el visto bueno. Y los que sí dieron latín el año pasado, como lo hicieron con el método de gramática-traducción, lo que saben les sirve como refuerzo, pero han empezado a aprender cosas nuevas desde la primera clase.
También aquí hay un par de alumnas en modo no quiero estar aquí, y todo lo que me digas lo voy a utilizar en tu contra. No sé por qué este tipo de alumnos suelen ser chicas. Supongo que tiene que ver con la forma en que las mujeres procesan su miedo: los hombres estamos más acostumbrados a la agresividad física, a la rebeldía abierta. Las chicas, por su educación y por su propia naturaleza, no suelen responder con la agresividad directa, sino con formas más sutiles: la ironía, el desprecio, la retirada, el ataque pasivo-agresivo.
Así que aplicaré las mismas estrategias que con las de Latín I: no entrar al trapo, no tomármelo como algo personal, paciencia y barajar.
Por lo demás, el plan es claro: empezar de cero con el Familia Romana, avanzar todo lo que se pueda, y enseñarles a jugar el juego de la PAU sin renunciar a que aprendan algo de verdad. Con un grupo que trabaja, veinticinco capítulos son un objetivo ambicioso pero realista. Y si además les doy trucos para el examen, entonces les estoy dando lo que necesitan: aprobar y, de paso, aprender.
