> Segunda semana_
Comunicación y Sociedad
Segunda semana con mis dilectos discípulos de FP Básica, y la principal novedad es que el miedo prácticamente ha desaparecido. No quiero cantar victoria porque llevamos dos semanas y queda mucha liga, pero empiezo a acostumbrarme a ellos y, sobre todo, a su forma de comportarse.
Siguen haciendo el burro, claro. Se levantan, juegan, se quitan las gorras, se pelean de broma, hablan cuando no deben... En realidad siguen comportándose como niños hiperactivos de ocho años metidos en cuerpos de dieciséis. Pero hay una diferencia fundamental: ya no me asusta. Ahora, cuando empiezan a hacer el tonto, mi problema es simplemente: "¿Cómo consigo que se tranquilicen?", y no: "¡Dios mío, no voy a poder con ellos!"
Una de las clases más importantes de la semana ni siquiera fue una clase propiamente dicha. Se estaban portando mal y decidí sentarme y esperar. Y como aquello no mejoraba, acabamos dedicando buena parte de la hora a hablar de convivencia.
Les expliqué algo que para mí es muy importante: yo no quiero utilizar determinadas medidas disciplinarias tales como partes o expulsiones. No porque crea que estén mal: el instituto tiene sus normas y sus recursos y otros profesores hacen perfectamente bien en utilizarlos. Simplemente, por mi carácter y por mi forma de ser, prefiero hacer las cosas de otra manera.
Pero eso tampoco significa que vaya a dejarles hacer lo que quieran. Al contrario. Si se levantan veinte veces, veinte veces les diré que se sienten. Si tengo que pasarme una clase entera intentando que se comporten correctamente, lo haré. Lo importante para mí no es conseguir necesariamente que obedezcan, porque eso no depende completamente de mí. Lo importante es cumplir con mi responsabilidad.
Volví al samuray. Lo importante no es matar al enemigo, sino ser fiel al bushido. Aunque, por supuesto, ellos no son el enemigo.
También les expliqué que quererlos no significa permitirles todo. Amar también significa saber decir que no y poner límites. Y de la misma manera que no quiero castigarlos simplemente porque me resulte más cómodo, tampoco puedo aprobarlos si no demuestran que han aprendido lo que tienen que aprender. Curiosamente, esto último les sorprendió muchísimo.
—¿Y a ti qué más te da? ¡Apruébanos!
Les dije que si hiciera eso acabarían perdiéndome el respeto.
Y estuvieron de acuerdo.
Una de las mejores intervenciones vino de uno de ellos:
—Claro, tú haces todo eso porque te quieres sentir especial.
Touché.
No supe qué contestarle. Y me alegro de no haberlo hecho; quizás en parte tenga razón; quizás haya deseo de sentirme especial mezclado con otras cosas. Ya irán descubriendo ellos por qué hago lo que hago. En cualquier caso creo que cualquier explicación en ese momento solo hubiera servido para darle la razón: obras son amores y no buenas razones.
Y precisamente de ahí ha salido buena parte del trabajo de estos días: ¿por qué hacemos las cosas que hacemos?
Les expliqué de manera muy simplificada tres grandes fuerzas que pueden movernos: el deseo de placer, el deseo de poder y el deseo de sentido. Freud, Nietzsche y Frankl, aunque a ellos los nombres les importan bastante menos que las ideas.
Lo sorprendente es que les interesó.
Cuando intentamos hablar de estas cosas de forma abstracta les cuesta muchísimo. Pero descubrí que, si les doy situaciones concretas, son perfectamente capaces de pensar sobre ellas. "Voy al gimnasio", "quiero ganar mucho dinero", "ayudo a mi hermano", "quiero tener muchos seguidores", "defiendo a un amigo aunque me meta en problemas"... y ellos tienen que decidir si detrás hay placer, poder o sentido.
Y entonces aparece otra vez la palabra mágica: "depende".
Claro que depende. Una misma acción puede hacerse por razones completamente diferentes. Incluso puede haber varias razones al mismo tiempo.
Hasta la chica, que normalmente está sentada en su esquina con cara de "no me interesa absolutamente nada de lo que dices" quiso participar en la actividad.
Y les gustó tanto que al día siguiente me pidieron repetirla. Les hablé un poco más de Freud, Nietzsche y Frankl y empezaron a hacer preguntas: qué era el psicoanálisis, qué relación tenía Nietzsche con el nazismo, qué eran exactamente los campos de concentración... Durante aproximadamente media hora estuvieron realmente interesados y yo me sentí feliz, como el entrenador del Rayo Vallecano que por una jornada hubiera logrado meter a su equipo en zona de Champions.
Los días que tengo dos horas con ellos, en la segunda clase apago las luces y vemos Doctor en Alaska. Algunos están muy atentos; otros son incapaces de mantener la atención durante más de cinco minutos. Pero, en general, está funcionando.
Y yo me relajo disfrutando de mi serie favorita, feliz de que el Dr. Fleischman haya llegado oficialmente a Marchamalo.
Latín I
Aquí las cosas también están resultando bastante mejor de lo que temía la primera semana: la actitud defensiva de algunas chicas sigue apareciendo de vez en cuando, pero mucho menos de lo que pensé inicialmente. Y el método está funcionando.
Vamos muy despacio. Non multa sed multum. Hemos terminado la primera lección del primer capítulo de Familia Romana y todo va bien.
El viernes ocurrió además una de esas cosas que me gustan de dar clase a adolescentes.
Conecté mi portátil a la pizarra digital para proyectar el libro y todavía estaba la lista de alumnos de FP Básica. Varias chicas se quedaron horrorizadas:
—¿Das clase a estos chicos? ¡Pero si son lo peor del instituto!
Y yo, casi instintivamente, solté de todo corazón:
—¡Mis dilectos discípulos FP Básica! ¡Me encanta esa clase!
Les expliqué que sabía que algunos habían cometido errores en el pasado —como yo, como todos— que probablemente tampoco lo han tenido fácil; y que, en cualquier caso, aunque me agotan y me dan mucho trabajo, a mí me gusta el Rock'n'Roll.
Entonces ellas mismas empezaron a contarme que algunos tenían situaciones familiares muy complicadas, sin entrar en detalles, que yo tampoco quiero saber.
Me gustó mucho aquella conversación. No porque ahora haya que convertir a los chicos de FP Básica en pobres víctimas inocentes de la sociedad. Son responsables de lo que hacen. Pero una persona no es simplemente "lo peor del instituto". Curiosamente, volvemos otra vez a la misma pregunta que estoy trabajando en FP Básica: ¿Quién soy? ¿Soy lo que he hecho? ¿Soy lo que los demás opinan de mí?
Y también tuve la sensación de que las chicas de Latín I me miraron de otra manera. Hasta ahora creo que me veían como el profesor buenazo que sabe mucho latín. De repente descubrieron que ese buenazo había elegido voluntariamente meterse en una clase de la que ellas mismas saldrían corriendo.
Y reconozco que eso me gustó.
Poder.
No pasa nada.
Desear placer y poder no tiene nada de malo. El problema, como diría nuestro querido San Ignacio, es de qué forma ordenas tus afectos. Cuando sabes que todo lo que deseas es ad maiorem gloriam Dei, el placer y el poder no suponen ningún problema.
Después de esta conversación volvimos a Familia Romana. Apareció el Nilo y, como suele ocurrirme, empecé a desbarrar: empezamos hablando de Egipto, luego del nacimiento de la agricultura y la civilización, del Neolítico, de la domesticación del perro, de cómo los seres humanos pasamos de vivir en pequeños grupos de cazadores-recolectores a crear ciudades, estados y sociedades cada vez más complejas.
Y acabamos hablando de una cuestión que me fascina: la extraña paradoja del progreso.
No creo en el mito del buen salvaje: la vida primitiva era durísima en muchos aspectos y no tengo ningún deseo de renunciar a los antibióticos, la electricidad, los libros o el agua corriente. Pero también me parece evidente que el nivel de infelicidad, desigualdad y miseria espiritual en que vive el hombre moderno es absolutamente intolerable. En el paleolítico, con muchísimos menos bienes materiales que nosotros, probablemente tenían una vida mucho más equilibrada psicológica y anímicamente que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo.
Eso no quiere decir que haya que volver al mundo primitivo, pero sí intentar preservar las extraordinarias conquistas de la civilización sin permitir que termine convirtiéndose en una pesadilla distópica.
Y todo esto porque en Familia Romana ponía Nilus fluvius magnus est.
Latín II
Aquí seguimos a velocidad de crucero. Hemos avanzado más deprisa que en Latín I y el ambiente general es muy bueno.
Sin embargo, empiezo a notar que algunas alumnas quizá no se están tomando demasiado en serio la asignatura. Una incluso se puso a mirar el móvil en clase. Le pedí que lo guardara, lo hizo y no volvió a hacerlo.
Hace años este tipo de alumnos me generaba muchísima ansiedad. Ahora empiezo a pensar que incluso pueden ser una bendición.
Uno de los errores que cometí como profesor de Secundaria hace doce años fue asumir una responsabilidad que no me corresponde: cuando tenía alumnos que no querían trabajar, yo hacía un esfuerzo descomunal para conseguir que aprendieran a pesar de ellos mismos.
Y lo peor de todo es que lo lograba.
Conseguía resultados académicos espectaculares, pero a costa de un esfuerzo que me dejaba psicológicamente agotado y, además, los privaba de su propio poder personal: ellos podían no hacerse responsables de su aprendizaje porque ya estaba yo allí dispuesto a llevarlos sobre mis espaldas hasta la meta.
Mientras funcionó, pensé que aquel era un buen sistema. Hasta que llegó un curso en que me encontré con un grupo tan flojo y falto de interés que ni siquiera poniendo todo mi empeño era capaz de lograr que aprendieran.
Y como había asumido que esa era mi responsabilidad, mi sistema nervioso terminó por romperse.
Todo esto probablemente parezca de Perogrullo, pero yo era así de gilipollas.
Ahora sé que hay otra forma de hacer las cosas: mi obligación es enseñar lo mejor que pueda, explicar, ayudar, ofrecer recursos, poner límites y evaluar justamente. Pero estudiar, estar atentos y esforzarse, es responsabilidad de ellos.
Si la alumna vuelve a sacar el móvil, volveré a intervenir.
—Por favor, guarda el móvil. Es la segunda vez que te lo digo.
Y lo anotaré.
Si hay una tercera:
—Por favor, guarda el móvil. Es la tercera vez que te lo digo.
No sé si dejará de hacerlo. Eso pertenece a su libertad. Lo que sí sé es que yo no voy a mirar hacia otro lado. Me ocuparé del problema cada vez que aparezca.
Intervenir no significa controlar el resultado de la intervención.
Además, curiosamente, tener alumnos que no trabajan puede evitarme otro problema que tuve hace años. Cuando todos mis alumnos trabajaban, los resultados eran tan buenos que aquello acabó generándome problemas con algunos compañeros. Había alumnos que estaban felices en mi clase y sacaban notas magníficas mientras suspendían otras asignaturas y aquello provocó tensiones que terminaron haciéndome mucho daño.
Ahora sé que no necesito que todos saquen buenas notas.
Si trabajan bien y al final todos merecen un diez, tendrán su diez. Si una alumna decide no trabajar y suspende, suspenderá.
Que cada palo aguante su vela.
Cultura Clásica
Este grupo sigue siendo un regalo: son pocos, trabajan bien, preguntan y permiten hacer exactamente el tipo de Cultura Clásica que me gusta: no una sucesión interminable de dioses, generales, emperadores y mitos, sino una asignatura en la que el latín y el griego sirven para comprender mejor nuestro propio mundo.
Esta semana empezamos jugando con el prefijo pseudo-. De ahí salieron palabras como pseudociencia, pseudoterapia o pseudoprofeta y acabamos hablando de homeopatía, placebo, acupuntura, astrología, tarot y, en general, de qué queremos decir cuando afirmamos que algo es científico.
También utilizamos ChatGPT en la pantalla para investigar quién fue Alejo Vera, el pintor que da nombre al instituto. Más que obtener una respuesta, me interesaba que vieran cómo utilizar una IA: qué preguntarle, cómo pedirle que adapte una explicación a nuestro nivel y, sobre todo, que una respuesta convincente no deja de necesitar comprobación.
En definitiva: se nos pasan las clases volando.
Y con eso está todo dicho.
* * *
Pero estoy contento.
Sobre todo porque durante toda esta semana apenas ha aparecido el miedo.
Y si vuelve, tampoco pasa nada; no es mi enemigo.
Ahora sé que el verdadero enemigo es dejarme dominar por él.
Estas dos semanas he encontrado una forma de estar en clase que parece funcionar: paciencia, límites, intervenir siempre que debo hacerlo y no hacerme responsable de aquello que pertenece al libre albedrío de mis alumnos.
Pero tampoco quiero convertir esto en una especie de dogma.
Quizás dentro de un mes descubra que necesito actuar de otra manera. Quizás tenga que cambiar un parte. Quizás un día pierda la paciencia. Quizás Mara vuelva de vacaciones y me monte una fiesta pagana.
No pasa nada.
Mi trabajo no consiste en conseguir que todos mis alumnos aprendan, se comporten, me quieran o aprueben. Mi trabajo consiste en ofrecerles todo lo que pueda, tratarles con respeto, intervenir cuando corresponda, respetar su libertad y ser fiel al tipo de profesor que quiero ser.
Y lo que estoy comprobando es que cuando hago así las cosas, independientemente de lo "bien" o "mal" que lo hagan ellos, al terminar la clase, me siento feliz y en paz conmigo mismo.
De momento, hemos terminado la segunda jornada y estamos en zona de Champions.
Queda mucha Liga.
Partido a partido.
Golpe a golpe.
Verso a verso.
