> Tercera semana_



Desde que decidí volver a la enseñanza secundaria, una de mis principales preocupaciones ha sido cuidar mi salud mental.

Hace doce años terminé completamente quemado. Esta vez no quiero repetir los mismos errores. Durante estas tres primeras semanas he estado observando cuidadosamente mis reacciones, intentando no hacerme responsable de lo que no depende de mí, poniendo límites sin enfadarme y, sobre todo, procurando que el miedo no decida por mí.

Y, gracias a Dios, lo estoy consiguiendo.

Pero en este mundo de ilusión el enemigo siempre está al acecho, y la primera en la frente me ha venido por donde menos me lo esperaba.

El miércoles, durante las últimas clases, empecé a notar molestias en la garganta. Eso me preocupó: sé que este es uno de mis puntos débiles, y procuro cuidarlo especialmente: bebo agua constantemente, no grito, procuro hacer descansos cuando me noto cansado... Así que, si después de apenas tres semanas de clase mis cuerdas vocales ya habían llegado al límite, la cosa pintaba fea.

El jueves me levanté con la garganta bastante peor y decidí pasar todo el día sin hablar.

Y entonces ocurrió una cosa maravillosa: logré dar todas mis clases completamente en silencio.

En Latín proyecté el texto en aproximadamente dos tercios de la pizarra digital y dejé el otro tercio para escribir en el bloc de notas. Como escribo muy deprisa, aquello se convirtió en una especie de chat en directo con mis alumnos.

Yo escribía, ellos leían, contestaban, traducían, preguntaban... Y yo respondía todo por escrito. 

Lo curioso es que la clase funcionó extraordinariamente bien.

De hecho, creo que estuvieron más atentos que nunca y avanzamos más de lo habitual.

Resulta que después de tantos años defendiendo que EL PODER ESTÁ EN EL TEXTO, he necesitado quedarme sin voz para descubrir que puedo dar una clase entera escribiendo y sin hablar.

No digo que vaya a sustituir mis clases normales por esto, naturalmente, pero acabo de descubrir una herramienta que seguramente seguiré utilizando cuando vuelva a estar completamente sano.

Como se suele decir, los caminos del Señor son inescrutables, y Dios sabe escribir recto con renglones torcidos.


Comunicación y Sociedad

Con mis dilectos discípulos de FP Básica el experimento fue todavía más interesante.

Como no podía pasarme la clase diciendo:

—Rubén, bájate de la mesa.

—Omar, siéntate.

—Hugo, deja la gorra de Álex.

—Osama, guarda el móvil.

—Ainara, retira la pantalla para que vea lo que haces.

preparé una hoja que titulé:

EXAMEN (de conciencia)

Nada más entrar les hice señas para que se sentaran y les entregué el papel.

En él les explicaba que tenía la garganta irritada y que necesitaba su ayuda. Hasta entonces, cuando se descontrolaban, yo había intervenido constantemente. Ese día íbamos a comprobar si eran capaces de hacerlo ellos mismos.

La última parte del examen no se respondía por escrito.

Se titulaba:

AUTOCONTROL, PODER INTERIOR Y RESPETO.

Y terminaba diciendo:

Hoy demostrar autocontrol no consiste en hablar sobre el autocontrol. Consiste en practicarlo.

La prueba escrita era, en realidad, un repaso de todo lo que llevamos trabajando desde principio de curso: el elefantito encadenado, los dos lobos, la voluntad de placer, de poder y de sentido, el cuento del samuray y el miedo, mi historia con Ody y el yonqui del parque...

Y ocurrió algo que me interesó mucho.

Estuvieron toda la hora sentados.

Rubén, Omar y Hugo hicieron alguna broma, naturalmente, pero nadie se subió a un armario, nadie empezó a corretear por la clase, nadie se dedicó a lanzar pelotitas de papel a sus compañeros. 

Nadie convirtió aquello en la jaula de los monos y todos terminaron el examen.

Y yo no pronuncié ni una sola palabra.

Eso tampoco demuestra que hayan aprendido mágicamente a autorregularse. Jefatura me mandó a una profesora de apoyo y su presencia también ayudaba a mantener el orden. 

Pero demuestra algo mucho más modesto y mucho más importante: pueden hacerlo.

Y esta semana han empezado a comprender otra cosa que para mí es obvia, pero que para ellos no lo era tanto:

Mi verdadero objetivo no es que se porten bien, sino que aprendan a hacerlo sin que nadie les obligue.

Esta semana también tuve ocasión de comprobar dónde está mi delgada línea roja: Alex y Hugo empezaron a pelearse y, por un momento, aquello dejó de parecer una de sus peleas de broma.

Entonces cambié inmediatamente de tono.

—¡No! Esto no lo voy a permitir. No quiero malos rollos entre mis alumnos. Todo lo que os he dicho sobre mi forma de resolver conflictos tiene este límite: si noto que alguno de vosotros está agrediendo de verdad a otro, entonces sí que saco la katana y ruedan cabezas. Y no lo haré por miedo, sino por amor. Porque lo que no voy a consentir es que ninguno de mis alumnos sea agredido. ¿Queda claro?

Quedó claro.

Y me gustó mucho comprobar que no necesité enfadarme para ser firme.

Creo que poco a poco estamos empezando a entendernos.

También esta semana ha regresado Emi, una alumna que sólo había venido el primer día porque tuvo un problema con la matrícula.

Emi está a punto de cumplir dieciocho años mientras que el resto de los chicos apenas tienen dieciséis, y esos dos años a estas edades pueden ser un mundo. Su actitud es completamente diferente: participa, escucha, habla con naturalidad y, al mismo tiempo, se lleva estupendamente con todos.

No quiero convertirla en la ayudante del profesor ni en la encargada de civilizar a sus compañeros. No es su responsabilidad. 

Pero su presencia en el aula tiene algo muy positivo, y me alegro muchísimo de que haya vuelto.


Latín I

En Latín I seguimos avanzando despacito por el primer capítulo de Familia Romana.

Y digo despacito porque cada vez que aparece una palabra que me ofrece la posibilidad de hablar de otra cosa, me resulta casi imposible resistirme.

Esta semana apareció oppidum, que significa algo así como una ciudad fortificada, y acabé hablando de los fuertes del Far West, del cine Oeste y de la palabra opulencia. En otro momento apareció la isla de Malta y terminé contándoles la historia del naufragio de San Pablo y hablándoles sobre las Cruzadas y los Caballeros Hospitalarios.

No me preocupa en absoluto.

El latín sigue siendo la columna vertebral de la clase, pero precisamente una de las cosas que me gustan del método es que el texto sirve continuamente para abrir ventanas.

Y esta semana abrimos una bastante grande.

Empecé preguntándoles para qué sirven las Humanidades.

No es una pregunta tan fácil como parece. Si uno estudia Medicina, Ingeniería o Informática, resulta relativamente sencillo explicar para qué sirven esos conocimientos. Gracias a las ciencias naturales y a la tecnología tenemos antibióticos, vacunas, electricidad, agua corriente, ordenadores y prácticamente todos los elementos materiales de la vida moderna.

Pero ¿para qué sirve estudiar Filosofía, Historia, Arte, Literatura, Psicología o Lingüística?

Mi opinión es que las ciencias humanas no solo sirven para algo, es que son las más importantes de todas las ciencias. 

No porque podamos vivir sin las otras —no tengo ningún deseo de morir de una infección dental ni de leer a Platón en un pergamino a la luz de una lámpara de aceite—, sino porque las ciencias naturales y las tecnológicas pueden decirnos extraordinariamente bien cómo hacer cosas, pero no qué cosas merece la pena hacer.

Y volví a la historia de Ody y el yonqui del parque.

A los veinte años, si un yonqui me hubiera comenzado a increpar y a llamar guarro porque mi anciano perro estaba tranquilamente tumbado en la yerba, yo habría entrado al trapo o me habría llevado un tremendo disgusto por no hacerlo. 

Si ahora soy capaz de observar mi enfado, esperar y preguntarme qué quiero hacer realmente, y finalmente no dejarme dominar por la ira o el miedo y actuar desde el lado del amor, es porque en todos estos años algo he aprendido sobre mí mismo. Y eso ha sido gracias a la literatura, la psicología, la filosofía, la teología... a las ciencias humanas.

Porque las ciencias humanas sirven para eso: para conocernos mejor a nosotros mismos.  

Y esa es la única esperanza que tenemos de no actuar como salvajes.

Cuando al final de la charla les pregunté cuál de los tres grandes campos del conocimiento —ciencias naturales, ciencias técnicas o ciencias humanas— les parecía más importante, todos estuvieron de acuerdo en que las Humanidades son las más importantes. 

También me gustó mucho que dos alumnas me preguntaron por qué aparecía oppidum magnum si yo les había enseñado que «grande» era magnus y no magnum.

Así pude explicarles qué es el género gramatical y la concordancia.

Resultado final: 2 – 0 a mi favor y sigo en puestos de Champions.


Latín II

En Latín II sigo teniendo la sensación de que avanzo demasiado despacio.

Pero empiezo a sospechar que quizás el problema sea que todavía no tengo una referencia objetiva: hasta que no tenga la programación hecha, no voy a saber bien cómo voy. 

Hemos empezado el segundo capítulo de Familia Romana y eso nos llevó inmediatamente a hablar del paterfamilias, de la estructura de la sociedad romana, de los hijos legítimos, del Ius Sanguinis, de los esclavos, los libertos, los patricios y los plebeyos.

También apareció el genitivo.

Y, como siempre, el latín empezó a entregarnos generosamente sus tesoros ocultos: 

Imperium

No la forma de gobierno. No la dignidad del emperador. Sino el territorio donde tengo poder (impero). ¿Y qué es el poder? Nuestro poder llega allí donde los demás actúan conforme a nuestra voluntad. El Imperium Romanum llegaba hasta donde los pueblos obedecían la voluntad de Roma. El Imperium del paterfamilias incluía a su mujer, sus hijos y sus esclavos, porque todos ellos estaban sometidos a su voluntad. Y otra vez volvemos a la anécdota con Ody y el yonqui: si actúo como un energúmeno porque un yonqui me ha llamado guarro ¿quién tiene el imperium?

Luego me extraño de que no me de tiempo a avanzar.

Non multa sed multum.

Esta semana también les expliqué cómo quiero evaluar: el esfuerzo ayuda muchísimo, pero esforzarse no significa automáticamente sacar un diez; una persona puede necesitar cinco horas para aprender algo que otra aprende en media hora. Si al final ambas saben lo mismo, no puedo fingir que la primera sabe más simplemente porque le haya costado más trabajo.

Y también puede ocurrir lo contrario: alguien con mucha facilidad puede aprender muchísimo trabajando poco. Quizás yo pueda reprocharle que esté desaprovechando sus capacidades, pero tampoco puedo fingir que no sabe lo que sabe.

Esfuerzo, actitud y aprendizaje son cosas relacionadas, pero no son la misma cosa.

Mi compromiso con ellos no consiste en ponerles buenas notas ni malas.

Mi compromiso es intentar ser justo y evaluarles según lo que me demuestren que han aprendido.

Y su responsabilidad consiste en aprender todo lo que puedan y demostrar lo que han aprendido.

Parece sencillo, pero a mí me ha costado cincuenta y dos años empezar a entenderlo.


Cultura Clásica

Mi pequeño grupo de Cultura Clásica sigue siendo una delicia.

Esta semana comencé la clase preguntando:

—¿Qué trabajamos la semana pasada?

Y me sorprendió comprobar todo lo que recordaban.

No es ninguna técnica revolucionaria, pero creo que voy a convertir esa pregunta en un pequeño ritual.

Ellos mismos reconstruyen la clase anterior, se explican unos a otros lo que recuerdan y, si alguien faltó, son sus compañeros quienes le ponen al día.

También les he recomendado una cosa sencillísima: cuando lleguen a casa, que intenten contarle a algún adulto lo que han aprendido ese día.

Explicar algo obliga a descubrir si realmente lo has entendido.

Esta semana hablamos también de las lenguas de la península ibérica.

Escribí la misma frase en castellano, catalán, gallego, portugués y euskera y les pregunté cuál era la intrusa.

No hizo falta ser Sherlock Holmes para descubrir cuál era la frase en vascuence.

Eso nos permitió hablar de las lenguas romances y volver otra vez al latín como una lengua que, aunque ya nadie tenga como lengua materna, sigue viviendo dentro de nosotros, de las palabras que utilizamos todos los días.

Cada vez tengo más claro qué quiero hacer con esta asignatura: no una colección interminable de dioses, emperadores, batallas y mitos, quiero que el latín y el griego sean el hilo del que podamos tirar para comprender nuestro propio mundo, para entendernos mejor y salir del laberinto.

Ianuae labyrinthi semper patent

  

*  *  *

Epílogo

Al llegar a casa el jueves tenía 38.7 de fiebre. Compré un test en la farmacia y me dio positivo en COVID-19. Pedí hora con mi médico y me la dieron el viernes por la mañana. Resulta que además de COVID tengo una infección de garganta importante. Me ha recetado un antibiótico durante 5 días y descanso total, así que tengo baja hasta el martes (inclusive). 

La buena noticia es que los problemas de garganta no se debieron a un mal uso de la voz, sino al virus. Dentro de lo que cabe, es un consuelo.


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