> Cuarta semana_



Hay una frase que me ronda desde hace días y que quiero dejar escrita con letras de fuego antes de seguir contando lo que pasa en mis clases, para que entendáis bien a qué me refiero cada vez que digo cosas como: «Resultado final: 2–0 a mi favor y sigo en puestos de Champions».

El partido no lo juego contra los alumnos

El partido lo juego contra el miedo

Porque si el partido es contra el miedo, entonces mis alumnos quedan libres. Libres de no ser el problema. Libres de no tener que ser la solución. Pueden portarse mal, no trabajar, atacarme, ignorarme, y no por eso se convierten en adversarios.

Son simplemente personas haciendo lo que hacen, con su libre albedrío intacto. Eso es lo que me permite mirarlos con amor incluso cuando me agotan. Y eso es también lo que me permite no confundir la firmeza con el castigo, ni la paciencia con la dejadez.

Si el partido lo juego contra el miedo, entonces el campo de batalla soy yo. No está fuera, no está en el aula, no está en el claustro. Está en mi sistema nervioso, en mis pensamientos automáticos, en esa voz que me dice: «Lo has hecho mal, vas a tener un curso horrible, no vas a saber hacerte con ellos».

Si el partido es contra el miedo, entonces no habrá un día en que pueda decir «ya está, ya no tengo miedo». Habrá semanas en que aparezca, semanas en que no, y lo único que cambiará será mi manera de relacionarme con él. 

Y quizás precisamente esta semana haya sido una buena ocasión para comprobarlo, porque durante varios días ni siquiera tuve la posibilidad de controlar las clases como normalmente habría hecho.

Esta cuarta semana, en realidad, empezó sin mí: el lunes y el martes seguí de baja por la infección de garganta. El miércoles por fin me reincorporé. Y, lo que es más importante: estaba deseando volver.

Hace apenas un mes una de mis grandes preocupaciones era averiguar cómo iba a sentirme al regresar a un instituto después de tantos años. Sobre todo me preocupaba FP Básica. Ahora estaba en casa, recuperándome de una infección que me había dejado varios días con fiebre y sin voz, y lo que quería era volver al trabajo cuanto antes.

Eso sí: volví con mascarilla de ninja jonín y la decisión de hablar lo mínimo posible; la médico me había aconsejado cuidar la voz y, después del experimento de la semana anterior, ya sabía que podía dar la mayoría de las clases sin hablar.


Empecemos esta vez por los latines.


Latín I

Latín I va muy bien. He explicado el pronombre interrogativo y el género gramatical. Una de las alumnas que inicialmente me había parecido más floja realizó un examen oral de nueve. Se notaba que había trabajado.

Poco más que decir. De momento los textos son sencillos, pero el grupo presta atención, trabaja y avanzamos sin problemas.


Latín II

En Latín II también va todo muy bien, aunque hay dos alumnos que ya han faltado a varias clases. No sé todavía si por enfermedad o por otra razón. Pero en latín perder varias clases puede convertirse rápidamente en un problema, porque todo se va construyendo sobre lo anterior. No me canso de advertírselo.

Con ellos no he hablado casi nada durante esta semana de convalecencia. Proyecté el bloc de notas y fui escribiendo todo lo que normalmente habría dicho. Los alumnos estaban atentos y respondían sin problemas. El jueves y el viernes repetí el procedimiento y ya hemos comenzado el capítulo III.

He presentado el sistema de casos completo y, sobre todo, he intentado dejar muy clara la diferencia entre objeto directo y objeto indirecto. Para un hispanohablante no es ninguna obviedad: nuestro propio sistema pronominal, con sus leísmos y laísmos, puede convertir el asunto en un auténtico calvario.

Les dije que, cuando recupere completamente la voz, seguiré haciendo uso de este sistema silencioso y les pareció bien. A mis cincuenta y dos años no es mala cosa haber descubierto un modo de poder dar clases totalmente en silencio cuando tengo cuatro o cinco en la misma jornada.


Cultura Clásica

Con los de Cultura Clásica solo tuve una clase y aproveché para ver con ellos uno de los fantásticos documentales de la serie Les Grands Mythes, de Arte TV —doblado al español, eso sí—, dedicado a la cosmogonía y la Titanomaquia. Les encantó, y no me extraña: esa serie es de lo mejor que se ha hecho sobre mitología griega.


Comunicación y Sociedad

Para cuidar mi voz les puse un documental sobre la vida de un adolescente amish. La atención fue bastante escasa. Rubén y Omar jugaban al Minecraft; Ainara y Hugo estaban medio dormidos; solamente Álex y Osama parecían seguirlo.

Hice algunas amonestaciones silenciosas, pero, recién salido del COVID y sin voz, terminé aceptando un objetivo mucho más modesto: si por lo menos conseguíamos pasar la hora sin hacer el salvaje, lo daba por bueno.

Y no hicieron el salvaje.

El jueves ocurrió algo que me hizo mucha gracia. Faltó Inma, su profesora de Matemáticas, justo en la hora que yo estaba de guardia. El resto de profesores de guardia se miraron aterrorizados al ver que alguien tenía que hacerse cargo del grupo de FP Básica.

Yo me ofrecí inmediatamente: "¿Los de FP Básica? Son los míos, voy para allá."

La frase me salió sin pensar. Y lo mejor de todo es que lo dije de corazón: quería estar con ellos.

Inma no había dejado ninguna actividad, así que les dije que podían jugar con los ordenadores siempre que no hicieran el salvaje. Y se pasaron la hora jugando a una especie de Risk llamado World of Conquest.

Al terminar incluso me preguntaron si volvería a estar yo durante la guardia de última hora, que otra vez tenían con Inma. Cuando les dije que a esa hora ya me habría ido a casa, protestaron con un «¡oooooh!».

A quinta hora tuve con ellos clase de verdad, pero hice trampas: seguían absolutamente obsesionados con el World of Conquest y yo todavía no estaba para librar grandes batallas, así que les permití seguir jugando con la condición de que pondría otro documental sobre los amish y tendrían que escucharlo. No fue mal: siguieron conquistando países, pero de vez en cuando hacían comentarios relacionados con lo que se estaba diciendo.

El viernes les entregué un cuestionario para que expresaran sus reflexiones sobre los documentales.

Ainara, Álex y Osama hicieron la actividad. Rubén y Omar decidieron que preferían seguir conquistando naciones. Les dije que no iba a obligarlos, pero que evidentemente no hacer las actividades tenía consecuencias en la nota.

Les dio igual: siguieron con su juego de estrategia, y ahí los dejé.

No estoy seguro de que esta decisión fue acertada o un error. 

Lo cierto es que podría haber intentado que Rubén y Omar hicieran las actividades mediante un sistema de vigilancia permanente: cerrar el juego, controlar los ordenadores, repetir órdenes, amenazar con sanciones, expulsarles a convivencia, etc. Quizá así habría logrado que todos hicieran la actividad.

Pero ¿qué habrían aprendido?

Entre los objetivos fundamentales de la FP Básica está que los alumnos sean capaces de desarrollar autonomía, responsabilidad, capacidad de trabajar, habilidades sociales y la posibilidad de continuar aprendiendo. Si yo logro que hagan las actividades porque durante cincuenta minutos no les dejo ninguna posibilidad real de no hacerlas, quizá conseguiré que todos terminen la ficha, pero no estoy seguro de haberles ayudado a alcanzar ninguno de los objetivos antes expuestos.

Y aquí aparece una paradoja que cada vez me interesa más: para que aprendan a decidir bien, tengo que permitir en algún momento que decidan mal.

No significa que todo dé igual. La consecuencia existe: si no trabajas, tu calificación reflejará que no has aprendido esas habilidades sociales que son parte fundamental de la nota.

Una de las enseñanzas que más me gustaría transmitirles es a ser capaces de cerrar durante veinte minutos algo que les encanta para hacer algo que no les apetece sin que nadie les obligue a ello.

No sé si lo conseguiré.


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